Mes: mayo 2016

Reflexiones generales sobre los retos metodológicos y prácticos para las mujeres en campo

Por Gabriela Pinillos

Significativos y orientadores son los temas que se tratan en los manuales de investigación cualitativa y en los capítulos metodológicos de las tesis doctorales más recientes, sin embargo, un tema que resulta poco recurrente y para el cual no se elaboran manuales, es el de los retos metodológicos y prácticos que surgen en cada inmersión en campo, quizá por la particularidad de toda experiencia nueva en campo y de cada investigador e investigadora, quizá también por el hecho de que las habilidades para sortear retos y riesgos se adquieren, fundamentalmente, en la acumulación de experiencias, mismas que se logran básicamente bajo una dinámica de “ensayo-error”. Todavía menos recurrente es el reto que representa para una mujer este proceso de inmersión y acercamiento con el objeto de estudio y los sujetos de investigación.

En esta entrada al blog de la Comunidad Interdisciplinaria de Estudios Migratorios, quisiera referirme justamente a eso, a la importancia y la necesidad de la elaboración de apartados metodológicos que nos hablen sobre las experiencias particulares en campo, sobre la forma en que se van creando estrategias para superar las desventadas en materia de género, estrategias que posibilitan la seguridad y la libertad, y al tiempo, una inmersión profunda y comprometida con las comunidades con las que se trabaja. Este ejercicio de reflexión surge a partir de una experiencia reciente de inmersión en campo dentro del marco de elaboración de mi tesis doctoral, y de los desafíos y riesgos que, como estudiante, he tenido que asumir, en la mayoría de los casos, por mi condición de género, no solo frente a los diferentes sujetos de estudio, sino también frente a diversos actores en el ámbito académico.

Antes de entrar a hacer trabajo de campo ya había sido advertida por una investigadora sobre la dificultades a las que me enfrentaría, siendo una mujer, en el acercamiento, para mi caso particular, con poblaciones en situación de calle, ya que, como en el imaginario general, los sujetos que conforman esta población son automáticamente equiparables a usuarios de sustancias psicoactivas -y viceversa-. La advertencia dirigía la cuestión a una pregunta concreta: ¿cómo una mujer podría enfrentarse a una situación en la que su propia condición de género la pondría en desventaja frente a un hombre, y más aún, un hombre “drogadicto”, en una eventualidad que resultara violenta o irrespetuosa?, pero para mí el asunto era un poco más amplio: ¿cómo hacer trabajo de campo cuando se es mujer? ¿cómo superar las desventajas a las que esa condición nos enfrenta por encima de nuestras cualidades y habilidades de investigación?

En efecto, infortunadamente, hay una serie de factores que nos exponen y nos pueden poner en situaciones de desventaja frente a los hombres y frente a los distintos actores y escenarios en campo, pero esto no solo ante aquellas poblaciones históricamente estigmatizadas. Por poner solo algunos ejemplos inmediatos, por un lado, en ciertos recorridos en campo, algunos hombres de diferentes ámbitos se sorprenden, se impactan, se sienten desconfiados, inseguros, en sus lógicas no cabe que una mujer esté con ellos en diferentes lugares donde desarrollan sus rutinas diarias, no caben explicaciones ni presentaciones, para ellos hay otro paradigma, las mujeres están en casa y si tienen esposo e hijos, todavía más. Algunos preguntan, tratan de entender, otros -uno en particular- acosan. Todos se contienen, una se sorprende y por momentos se asusta, pero finalmente hay un desenvolvimiento, una estrategia con la que se construye una imagen en procura de un trabajo honesto y objetivo, esta construcción que hacemos valdría la pena narrarla. Así mismo, por otro lado, esta lógica de desventajas construidas sobre las mujeres no se escapa del ámbito académico, allí, en algunos casos, principalmente entre los pares, también persisten desigualdades, discursos con los que las expectativas de un trabajo “exitoso” cuando es una mujer quien lo realiza son minimizadas, se mantiene la desconfianza, tal vez los celos profesionales, son reducidas las posibilidades de diálogo.

Hace falta entonces escribir textos conjuntos de nuestras experiencias, diferentes investigadores e investigadoras nos han invitado a hacerlo, apelando a la necesidad y la importancia de narrar y documentar estos procesos en cada experiencia en campo, pero siguen estando ausentes, cuán importante resultaría para todas, y para todos también, leernos, contarnos las historias, decirnos cómo fue que pudimos desenvolvernos en campo, frente a aquellos hombres que, socializados en un contexto específico, consideran que el lugar de una mujer es su casa, y que si se encuentra fuera de este espacio, probablemente ya no será merecedora de respeto y sí, tal vez, de acoso. Sería básico para estos estudios que realizamos, con poblaciones móviles -y otras no tan móviles-, con diferentes culturas y costumbres, poder encontrar un lugar donde se cuenten las historias y sobre cómo se superaron las pruebas y los obstáculos metodológicos y prácticos, qué importante sería que nuestros colegas hombres dejaran de subestimarnos por el hecho de ser mujeres, y participaran con nosotras en este diálogo, en la generación de estrategias para una inmersión en campo, como ya se dijo, honesta, con poblaciones históricamente estigmatizadas, tradicionalmente trabajadas por hombres, bajo la idea de “la fuerza”. ¿Cómo se han construido y de dónde han surgido estas desventajas en materia de campo para las mujeres?

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