Una reflexión sobre el multiculturalismo en la antesala del trumpismo

Por Estefanía Castillo Balderas

castillo_b30 @yahoo.com.mx

13 de noviembre de 2016

 

Frente a la imposibilidad del triunfo de Donald Trump como presidente de Estados Unidos vino la incredulidad y luego la indignación. Mientras el mundo observa las implicaciones y repercusiones de un discurso en contra de las minorías y de los migrantes y familias de origen mexicano, es innegable, que nos enfrenamos al agotamiento y el quiebre de un modelo de alteridad y al regreso de un fantasma que hace tiempo ha vuelto a rondar las democracias occidentales, el extremismo de derecha. Pese a que en el siglo XX habíamos transitado, no sin una lucha constante, por la extensión de derechos y hacía el ejercicio pleno de la ciudadanía, las elecciones en Estados Unidos dejan una gran lección en términos de las políticas culturales y de identidad. Aunque hay implicaciones más amplias sólo abordaré este aspecto porque me parece que después de una larga crítica a la discriminación positiva como política de Estado, la tensión entre reivindicaciones de la redistribución de la riqueza y la reivindicación del reconocimiento ha implosionado.

Una retrospectiva del multiculturalismo

En todas las latitudes las reivindicaciones identitarias, ya sea como producto de las migraciones, de grupos nacionales pre-coloniales, de las diásporas por un reconocimiento de las especificidades culturales y derechos diferenciados han emergido en un mundo donde las luchas de clase se desmoronaron junto al ideal de un proyecto alterno al capitalismo.

Desde 1945, los conflictos sociales y políticos se manifestaron en términos étnicos, “es decir, como conflictos entre grupos y comunidades que se identifican a sí mismas, y entre ellas, en términos culturales” (Stavenhagen, 2001: 19). No obstante, la diferencia era un tema ampliamente censurado tanto en las democracias como en los regímenes socialistas, ante ello se dieron respuestas universales expresadas en tratados internacionales, que consideraban un ideal de universalidad humana. El fin de la Guerra fría, y el derrumbe del Muro de Berlín, mostraron el fin de un orden global, y el desvanecimiento de ideales universales, además de la supresión de la diversidad bajo el Estado-nación, conformación política de ocultamiento de las desigualdades y concentración de poder.

A partir de los años sesenta “con la emergencia de actores colectivos con atributos diferentes a los de los movimientos anteriores, se redefinió la discusión en torno a los sujetos sociales, los actores colectivos, las características de los movimientos y su relación con las instituciones […]” (Valenzuela, 1998: 175). Así las políticas de reconocimiento cultural fueron producto de un amplio proceso de transformación y la respuesta a las demandas de los movimientos sociales, que para 1990 en México se expresaría con la consolidación de un movimiento indígena y el reconocimiento en ciertos estados de derechos particulares a los pueblos indígenas (educación intercultural, derecho de autogobierno entre otros).

Así la noción sobre la cual descansa el modelo de inclusión de las minorías culturales, originarias o producto de las migraciones, es que tanto las diferencias como la igualdad pueden coexistir sólo en los regímenes democráticos y que éstos deben tender hacia la conservación de las diferencias culturales, garantizadas por el Estado, y el reconocimiento de que todas las culturas tienen el mismo valor (Taylor, 1993).

Mientras que para Kymlicka (1996), está claro que los derechos de las minorías no pueden incluirse en la noción de derechos humanos, ni la discriminación positiva permitiría dar respuesta a las demandas de reconocimiento. Por ello plantea un modelo de ciudadanía que otorgue derechos específicos basados en principios normativos culturalmente diferenciados, lo que llama derechos colectivos: de autogobierno (delegación de poderes a las minorías nacionales como grupos indígenas), derechos poliétnicos (apoyo financiero y protección para determinadas prácticas de grupos étnicos y religiosos), y derechos especiales de representación (escaños garantizados para grupos étnicos o nacionales en las instituciones centrales del Estado)[1].

Nancy Fraser (2008) ha advertido que la disyuntiva central del multiculturalismo y de las políticas de reconocimiento se encuentra en el campo de la justicia social. Es decir, cómo se construyen sociedades más justas si por un lado es necesaria la redistribución de riqueza de ricos a pobres y por otro lado garantizar la inclusión de las minorías, étnicas, culturales, raciales y sexuales. Además que los conflictos de estatus se enmarcan en un capitalismo neoliberal en agresiva expansión que exacerba la desigualdad económica.

La respuesta no es fácil, y el ejemplo claro es el de Estados Unidos, por un lado, la discriminación positiva tuvo algún avance durante el gobierno de Barack Obama, después de esta elección se vislumbra una regresión en términos de los derechos ganados por los movimientos sociales y por las minorías, bajo el argumento de la desposesión de un amplio sector blanco de la sociedad estadounidense. A la luz del planteamiento de Fraser, en el siguiente apartado reflexiono sobre algunas lecciones que comprueban que no habrá reconocimiento sin redistribución.

La lección de la elección estadounidense: repensar las políticas de inclusión

El fracaso del multiculturalismo y de los mecanismos de inclusión de las minorías en Estados Unidos ha tenido como epitafio el slogan de campaña reelaborado por grupos supremacistas de aquel país “make America white again”. Pero hay un elemento de particular importancia, podemos reducir el triunfo de un personaje como Donald Trump al voto del “hombre blanco enojado”, como lo definía Michael Moore, o al abandono del partido demócrata a la clase trabajadora rural como ha señalado Arlie Hochschild. Esta misma autora sostiene que las razones del voto rural estadounidense están en el sentimiento de pérdida de los obreros rurales y empobrecidos de su lugar en el camino al sueño americano. En términos metafóricos, su lugar fue ocupado por miembros de las minorías que se saltaron la fila a partir de las políticas de discriminación positiva, aquellas que dieron empleo a afroamericanos o acceso a servicios a las minorías del país.

Una vez más está en el aire la noción de si ¿Habrá que guardar nuestras diferencias culturales en pos del universalismo y de la “verdadera” diferencia, la de clase? De esta tesis y después de que en internet se viralizaran historias de miembros de minorías que votaron por Trump a partir de argumentos sobre la pérdida también de su lugar en la fila. Me temo que la respuesta es No.

Lo que me parece fundamental es reflexionar sobre la incomodidad que ha traído consigo el reconocimiento de la diferencia cultural y sobre las políticas de inclusión de las minorías como aquello que ha generado el rechazo al partido demócrata. Me parece que es necesario distinguir dos elementos imbricados, por un lado, el empobrecimiento de la clase obrera rural y por otro la forma en que el discurso antiinmigrante ha movilizado el voto de un amplio sector de la sociedad estadounidense, en esta relación es necesario indagar.

Si bien no todos y todas los votantes de Trump son racistas, no hay que apresurarnos a decir que la causa es su condición de pobreza. Sería reducir un fenómeno complejo, por ello es necesario situar el trumpismo y las causas de su advenimiento como un fenómeno social propio de este siglo pero sobre todo expandir nuestro análisis sobre la representación política que también es cultural.

Así mismo vale la pena reflexionar sobre los ciudadanos y ciudadanas de origen latinoamericano y activistas pro-Trump, embriagados por el relato profundo del sueño americano. Está claro que el reconocimiento ha tomado vías que, en el contexto económico de crisis actual, han sido insuficiente y creo que podemos decir fallidas, porque favorecen la movilización ciudadana a partir de discursos con una clara orientación racista y al sentimiento de que perdemos de forma personal cuando las minorías ganan un mínimo espacio en la agenda gubernamental y sobre todo en el mercado laboral. Sin embargo, las políticas de reconocimiento deberán transitar, y no desaparecer, hacia estrategias que concilien las desigualdades y desposesiones que atraviesan a las sociedades de primer y tercer mundo.

Bibliografía

Fraser, Nancy, 2008, “La justicia social en la era de la política de la identidad: redistribución, reconocimiento y participación”, Revista de trabajo, Año 4, Número 6.

Kymlicka, Will, 1996, Ciudadanía y multiculturalidad, Paidós, Barcelona.

Satvenhagen, Rodolfo, 2001, La cuestión étnica, El colegio de México, México.

Taylor, Charles, 1993, El multiculturalismo y “la política de reconocimiento”, FCE, México.

Valenzuela, Arce, J.M., 1998, El color de las sombras, chicanos, identidad y racismo, El Colegio de la Frontera Norte-Plaza y Valdés editores-Universidad Iberoamericana, México.

Zizek, Slavoj, 2008, En defensa de la intolerancia, Sequitur, México.

McLaren, Peter, 1998, Multiculturalismo revolucionario: pedagogías de disensión para el nuevo milenio, Siglo XXI, México.

Fuentes en línea

Álvaro Guzmán Bastida, 26 de octubre de 2016, entrevista a Arlie Hochschild, “Para la clase trabajadora blanca, Trump es casi un fenómeno religioso” recuperado en http://ctxt.es/es/20161019/Politica/9119/Elecciones-USA-Trump-Clinton-Tea-Party-Luisiana.htm

Michael Moore, 21 de julio de 2016, “5 reasons why Trump will win”, recuperado en http://michaelmoore.com/trumpwillwin/.

[1] Para ver algunas críticas al multiculturalismo ver: MClaren (1998), Zizek (2008), por menciona dos casos.

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