Mes: febrero 2017

Haciendo memoria: un relato fronterizo.

Por Maritza Rodríguez G.

mrodriguezmep@colef.mx

Es sábado, el día que marca el calendario con el número 30 del mes de abril. Aparentemente hoy será un día normal; pero lo que está a punto de suceder evidencia todo lo contrario. Son las 10:30 de la mañana y la locación que enmarca el escenario es la colonia Playas de Tijuana, muy cerca del faro, lo que muchos llaman la esquina de Latinoamérica; ahí donde rebotan los sueños.

            Imponente a la vista, ahí está, un muro de acero galvanizado de color marrón de aproximadamente cinco metros de altura; ya afectado por la corrosión que provoca la humedad y la sal del mar, como si aquello que divide a México de Estados Unidos se tradujera en algo que no pertenece al ecosistema y que la naturaleza se aferra a mostrar.

            Fijando la vista hacia el norte, se ven algunas familias hablando a través del muro, unos allá y algunos otros acá, como si de un picnic –divido por unas rejas- se tratase. Mientras avanza la mañana, va aumentando la concurrencia en el lugar; ahora no solo se observan familias sino un montón de camarógrafos, fotógrafos, reporteros y unos algunos otros uniformados con playeras de color morado, que traen grabada una leyenda en el pecho que reza “Border Angels”.

            Se percibe en el ambiente una mezcla de emociones que emanan de los rostros de algunas personas que parecieran estar a punto de recibir el más grande regalo que pudiesen imaginar. A su vez se escuchan los obturadores de las cámaras profesionales y el bullicio que indica que se acerca un momento que merece la atención de todos los ojos que están presentes.

            Aquellos que forman parte de este escenario comienzan a interactuar; se ve como algunos reporteros –acompañados de sus respectivos camarógrafos- entrevistan a algunos de los que antes, ese mismo día, se encontraban conviviendo con sus familiares que estaban al otro lado.

            Resalta del muro una puerta que parece estar sellada y que no tiene manera de ser operada desde el lado mexicano; decorado su marco con escrituras hechas con pinturas de colores que plasman –en esencia- que el amor no tiene fronteras. Un pasillo de la anchura de una banqueta separa esta puerta de una jardinera que forma parte de la decoración de este espacio, se ve una cinta color amarillo que dice “precaución” donde claramente su objetivo es delimitar el área y restringir el acceso. Dentro de la jardinera se encuentran montados los trípodes que próximamente sostendrán las cámaras que capturaran un hecho histórico.

            Deben haber pasado dos horas ya, pues la atención de todos los presentes se enfoca en esa puerta.  En el lado mexicano se observan entre la concurrencia, agentes de la policía federal, algunas familias simulando una fila de espera que inicia en la puerta y un montón de personas amontonadas alrededor de la cinta amarilla. En el otro lado -asomándose por la reja- es visible un multitud de personas; niños, mujeres, hombres y miembros de la Patrulla Fronteriza (CBP: Customs and Border Patrol). Pronto se escucha una voz que sobresale gracias al uso de un micrófono:

            – “Bueno… ¿me pueden oír?”

            – ¡Si! – exclama el público presente de lado mexicano, luego esa misma voz pero     ahora en inglés dirigiéndose a aquellos presentes en el lado estadounidense:

            – Can everyone hear me? Good afternoon everybody, my name is Enrique Morones            from “Border Angels”…  “Ángeles de la Frontera” and we in Mexico celebrate Childrens Day, we want to welcome you all, les queremos dar la bienvenida a todos         ustedes hoy en el día del niño, nos da mucho gusto que nos estén acompañando. Yo          soy Enrique Morones, el director y fundador de Ángeles de la Frontera…

            Se escuchan aplausos y unas cuantas palabras más por lo que se asume que ha llegado a su final el preámbulo que da paso a aquello que todos esperan; eso que hacia diferente ese 30 de abril de 2016.

            Son nueve minutos después de las doce y se escucha como los agentes de la patrulla fronteriza quitan la barra que asegura la puerta desde el lado estadounidense, lentamente se revela lo que antes no era visible, pues la puerta, ha sido abierta. Al fondo se divisan unos cuantos, principalmente medios de comunicación y a tres agentes de la patrulla fronteriza, portando ese uniforme de color verde aceituna que les caracteriza.

            Es por tercera ocasión[1] que la asociación civil Border Angels[2] gestiona y logra que la Patrulla Fronteriza (CBP) abra la puerta de emergencia que forma parte del muro que divide a México de Estados Unidos, con el fin de permitir a seis familias[3] –que han sido separadas por la deportación- poder establecer contacto físico mediante un abrazo. Se le fueron asignados tres minutos a cada una de las familias que, entre llanto y lágrimas de felicidad pudieron volver a abrazarse después de años.

            Fueron la emotividad y sensibilidad que estuvieron presentes en el aire; contagiándose las lágrimas a los presentes. Sin embargo, había alguien en especial que captaba la atención; pues representaba algo un tanto irónico pero también una linda reflexión. Custodiando la puerta se encontraba una oficial de la Patrulla Fronteriza, quien hacia lo posible por mostrarse seria y rígida ante la situación. Es cuestión de minutos para percatarse de que tiene los ojos cristalizados, los mismos que demuestran que, lejos de representar a una de las autoridades que regula a la inmigración indocumentada, hay un ser humano sensible que sabe que ahí cabe la injusticia.

            El relato anterior pretende desvelar una pequeña parte de lo que conforma el problema de la separación familiar y la necesidad de evidenciar el problema social que representa.

[1] La primera fue en 2013 y la segunda en 2015.

[2] Borde Angels o Ángeles de la Frontera es una organización civil sin fines de lucro, que opera tanto en Estados Unidos como en México. Tiene como objetivo abogar por los derechos humanos, una reforma migratoria humana y la justicia social con un enfoque especial en asuntos relacionados de Estados Unidos y México. http://www.borderangels.org/about-us/

[3] Estas familias fueron elegidas después de haber pasado por un proceso de selección.

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Entre el quehacer y el hacer: breves y discutibles reflexiones sobre nuestro papel frente al periodo Trump y sus antecesores

Por: Lucía Ortiz Domínguez

 luciaortizdom@gmail.com

9 de febrero de 2017

Hay momentos históricos en los que el contexto habla por sí mismo y me parece que actualmente nos está gritando. Discursos y actos xenófobos hacia los migrantes que han contribuido a enriquecer al país que ahora los quiere expulsar; amenazas de continuar con las deportaciones que acrecientan el clima de miedo y hostilidad en la comunidad migrante; constantes intimidaciones públicas para construir otro muro (con dinero de los mexicanos), terminar el que está o edificar un muro sobre el muro; la posibilidad de concluir con el Tratado de Libre Comercio (TLC), el riesgo latente al desarraigado de los migrantes que han vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos, una política gubernamental mexicana que no ha respondido a los retornados y medianamente a los migrantes, son ejemplos de que nuestro presente histórico nos reclama, creo yo, a actuar.

Tanto las amenazas como los hechos impactan de distinta forma sobre nuestras subjetividades y vida cotidiana. Me incluyo porque lo que nos está sucediendo desde hace algunos años en materia migratoria y económica no es una cuestión exclusiva de los migrantes, si es que existe eso, sino es una realidad que nos incumbe y nos compromete a pensar para actuar.

Considerar que la migración es de competencia de quienes la viven es limitar el campo de acción colectiva, sería reducir o eliminar las responsabilidades que tenemos como estudiosos de la migración, como ciudadanos, como personas y como seres humanos. Con ello quiero decir que las visiones, perspectivas e ideas que se puedan generar sobre una hecho concreto, en este caso la migración, son fundamentales para poder proponer pequeños cambios. Un migrante sabe y conoce en carne propia lo que significa serlo, una persona deportada también. Los que no hemos vivido estos procesos, efectivamente carecemos de la experiencia vivida, pero contamos con otras herramientas que nos hacen capaces de generar y contribuir a que los migrantes y los retornados sean respetados y reconocidos por sus experiencias y sobre todo tratados con dignidad y respeto.

Quiero expresar que he percibido la existencia de una crítica recurrente de la sociedad civil, de quienes trabajan en instituciones gubernamentales e incluso de los estudiantes de posgrado hacia el quehacer y el impacto de la investigación académica en ciencias sociales en los problemas sociales. La crítica versa sobre la tendencia a realizar investigación académica que se queda en las bibliotecas o en congresos y que pocas veces logra conectar con la vida cotidiana y con sus irrupciones.

Pareciera que se hablan dos lenguajes distintos, los grupos u organizaciones de la sociedad civil consideran que las investigaciones académicas están dirigidas exclusivamente a responder a las necesidades del mundo académico mientras que los académicos consideran que al involucrarse con la sociedad civil se pierde la objetividad y el rigor científico.

Como estudiante de posgrado, que he colaborado con algunas organizaciones de migrantes, quisiera invitar a la reflexión sobre cómo podríamos construir códigos comunes entre dos mundos, sin perder el rigor y ética en nuestras investigaciones y para generar campos de reciprocidad entre nosotros.

Cuando hacemos investigación y buscamos exclusivamente reconocimiento académico a través del “rigor científico” corremos el riesgo de olvidar un elemento necesario de cualquier investigación, el para qué: ¿para qué queremos contribuir al conocimiento de la población migrante?, ¿para qué hacer una investigación sobre migración?, ¿a quién responde nuestra investigación?, y nos enfocamos en el cómo metodológico para demostrar que nuestra investigación está sustentada. Priorizar una cuestión sobre otra depende del tiempo que tenemos para realizar nuestras pesquisas y de una decisión personal, pero creo que se pueden hacer las dos cosas aunque podría implicar más trabajo. Por ejemplo, las organizaciones de la sociedad civil por lo regular necesitan datos sencillos que pueden ser construidos colectivamente y que no estén impregnados de tanta teoría, en ello podemos aportar nosotros como académicos para que nuestra investigación y nuestro quehacer puedan tener un impacto real, sencillo e inmediato sin el vanidoso deseo de cambiar al mundo. O bien, podemos estar en momentos coyunturales que les ayude a demostrar que somos más de uno los que estamos interesados en cambiar las cosas, siendo conscientes de que apoyamos como ciudadanos informados sin la necesidad de involucrar nuestras tarjetas institucionales. Con ello quiero decir que tenemos la oportunidad de apoyarlos desde nuestra identidad académica y desde nuestro derecho individual de ejercer una ciudadanía política informada. Los límites y la forma de participar o contribuir dependen de la ideología académica de cada quien, lo importante es que desde la posición que queramos adoptar intentemos contribuir con los conocimientos que generamos con pequeños actos que permitan enfrentar las problemáticas sociales.

También debemos tomar conciencia de que las investigaciones individuales en Ciencias Sociales en sentido literal son imposibles. Nosotros siempre necesitamos de la colaboración y cooperación de muchos actores para conducir nuestros propósitos investigativos, nos respaldamos en nuestros colegas, en personas expertas, en migrantes, en no migrantes, en retornados, para darle cuerpo a nuestra investigación. Hay que reconocer que nuestra investigación es un trabajo colectivo. En este sentido, al intercambiar experiencias generamos redes que nos permite conectar diversos actores. Esto se traduce en que a lo largo de nuestro proceso vamos generando capital social que podemos compartir de manera muy sencilla: presentando personas, poniendo en contacto organizaciones que consideramos que pueden trabajar juntos, organizando Foros, etcétera. Que se cristalicen o no las relaciones no depende de nosotros, es un trabajo que ya depende de ellos y de los encuentros y desencuentros que puedan tener. Nosotros simplemente podemos fungir como intermediarios entre personas y colectivos cuyos encuentros puedan traducirse en felices coincidencias.

En fin, lo escrito hasta aquí es solo una reflexión personal y creo que es momento de atrevernos a proponer formas para colaborar, aportar y generar empatía y solidaridad entre los que estamos interesados y dispuestos a que las cosas funcionen de una mejor forma para todos, sobre todo frente a este contexto que nos grita cada día más. Los invito a compartir ideas sobre las formas en que podemos colaborar más con nuestro entorno sin dejar a un lado nuestra responsabilidad de generar investigaciones de calidad.

bansky

Imagen: Banksy, (S/F), recuperado en: http://www.banksy.co.uk/out.asp, 9 de febrero de 2017.