Mes: noviembre 2017

¿Quién para cuidarnos? La migración laboral que seguirá fluyendo

Por Lorena Mena Iturralde

Mujeres migrates, El Universo

Despedidas en el aeropuerto de Quito /Foto tomada de Diario El Universo

Durante los primeros años del nuevo milenio, una imagen común en los aeropuertos de Ecuador y de otros países de la región andina era la de mujeres despidiendo entre llantos a sus familias, dejando a sus hijos a cargo de hermanas, abuelas o cónyuges, y tomando un avión hacia España o Italia, con boleto de retorno incierto. No es una novedad contar lo que esos países tenían preparado a aquellas mujeres que escapaban de las crisis económicas de sus lugares de origen. La llamada feminización de las migraciones ha sido objeto de infinidad de estudios surgidos a raíz de las transformaciones que la globalización, la baja fertilidad y el envejecimiento poblacional provocó en las naciones desarrolladas, demandando mano de obra no solo barata, sino dispuesta a ocupar nichos laborales considerados de poca cualificación.

En esa categoría, el trabajo reproductivo remunerado, concretamente el servicio doméstico y de cuidados ha estado a cargo principalmente de mujeres migrantes, cuya movilidad dejó de estar ligada únicamente al acompañamiento de sus cónyuges, convirtiéndose así en migrantes laborales autónomas (Martínez, 2007; Pedone, 2012). Datos publicados por el Instituto de Estudios y Divulgación sobre Migración (INEDIM) señalan que del total de migrantes internacionales que se contabilizan en el mundo (244 millones de personas, en 2015), el 48% son mujeres, y que en América Latina y el Caribe su número ha aumentado en las últimas décadas.

Al respecto, creo necesario reflexionar sobre ciertos escenarios que hacen prever que los flujos de mujeres que emigran para insertarse en la economía del cuidado de otros países no solo seguirán existiendo, sino también ampliando. Lo traigo a colación a propósito de un interesante artículo titulado El último trabajo humano, que reseña cómo el gobierno de Japón se ha anticipado a la falta de cuidadores para una población que envejece con rapidez, invirtiendo en “cuidadores automatizados”, esto es, robots para cargar pacientes desde la silla de ruedas hasta la cama, otros para compañía de ancianos, máquinas que ayudan a caminar, hasta los que asisten en las tareas de la casa.

Robear

Robear es una especie de oso robótico que puede cargar a los pacientes desde la silla de ruedas hasta la cama/ Foto tomada del portal http://www.engadget.com

Dicho ensayo destaca también que Estados Unidos está invirtiendo en tecnología enfocada a este sector poblacional creando, por ejemplo, llamadas telefónicas administradas con inteligencia artificial y sensores para el hogar para monitorear eventos inusuales en las actividades diarias -como detectar que nadie ha abierto la puerta del refrigerador en varios días-, algo vital en un país en el que suelen reportarse casos de adultos mayores fallecidos en sus domicilios sin que alguien lo note hasta semanas, meses e incluso años después. Para muestra, me remito a la reveladora crónica Morir solo en Nueva York de The New York Times, y al espeluznante reportaje La muerte habita el piso de al lado de Diario El País, que expone similares situaciones en España.

El temor de los gobiernos del primer mundo a que no haya suficientes humanos para cuidar a sus enfermos y adultos mayores, obedece a que para 2030, solo en los Estados Unidos se proyecta que harán falta 151,000 cuidadores pagados y 3.8 millones de familiares sin pago que se hagan cargo de ellos. A raíz de esto, se discute en la actualidad que este tipo de empleos que requieren de un toque humano serán los últimos que entregaremos a las máquinas -si es que alguna vez sucede- por la imposibilidad de que robots y algoritmos puedan generar empatía, adentrarse a las esferas del dolor de las personas o sean aceptados en su totalidad por los pacientes.

En ese sentido hay expertos que sugieren empezar a hacer más atractivas las ofertas de empleo relacionadas con el cuidado de los otros, pues es conocido que la fuerza de trabajo asociada a ello, a menudo gana el salario mínimo o menos por los prejuicios históricos existentes en torno a esas tareas. A ello hay que sumar un marcado componente de género, que asume que las mujeres tienen la obligación de encararlo, así como una dimensión étnica [la idea de que son ‘oficios de inmigrantes’] y de clase.

Mujeres migrantes retornadas de España y de Italia a las que entrevisté durante mi trabajo de campo en Ecuador, solían hacer hincapié en sus aprendizajes positivos y negativos haciendo labores de cuidado remuneradas, las cuales, aunque les eran rentables económicamente al traducirse en remesas, no constituían un trabajo deseable para ellas. A algunas, las condiciones laborales las ubicaban en desventaja, pues se les solía contratar para tareas específicas como cuidar niños o ancianos, pero en la práctica, se les asignaba también trabajo doméstico, con horas extras sin paga, siendo latente su temor a denunciar tal situación por estar indocumentadas.

Fui a trabajar en esa época con un joven con discapacidad. Tenía que atenderlo y cuando había tiempo sacarlo a pasear. En ese trabajo, cuando yo entré, trabajaban tres italianas y las italianas decían que ellas pedían que las enrolaran y ellos (los jefes) no querían, porque allá en Italia decían que si eran italianos mismos tenían que pagarles todas las de ley y querían extranjeros, porque a esos les podían hacer lo que les daba la gana y ya. Entonces a esas tres chicas italianas las botaron y solo me cogieron a mí. Trabajaba día y noche, haciendo de todo
(Esther, retornada de Italia)


Comencé a trabajar cuidando ancianos, que es lo típico. Hacerles compañía, y arreglar la casa. Bueno, realmente aprendes bastante, porque es un trabajo bien humano. Cuando te contratan eres como una especie de auxiliar de enfermería, porque tienes que darles sus pastillitas, ver que su comida se la preparen en condiciones buenas, cambiarles sus pañales, entonces sí aprendes. Yo por lo menos que nunca sabía de eso, es un trabajo bastante delicado y sensible, porque también tienes que tratarles bien, con cariño, con amor. Aunque ellos dicen que por nuestra propia forma de hablar ya somos cariñosas
(Rosa, retornada de España)

Algunos testimonios que recabé, si bien dan cuenta de lo humano que es el trabajo del cuidado, también resaltan lo difícil que es atender a personas con discapacidad motriz, así como a adultos mayores con Alzheimer u otros trastornos mentales. El estar poco preparadas para asumir un rol que involucra la salud, llevó a algunas a tomar cursos de capacitación y certificación en enfermería, inclusive como medio para lograr contratos laborales mejor remunerados en centros geriátricos. No obstante, hay investigaciones que señalan que el servicio doméstico y del cuidado opera como un embudo, no solo por la segmentación étnica que viven las mujeres migrantes dentro de ese mercado laboral, sino también por las características propias de esos oficios, como son el aislamiento que genera vivir en el mismo lugar donde se trabaja, y relaciones de salarios y horarios a discreción del patrono (Pagnotta, 2012).

Para algunas de mis entrevistadas, insertarse en estos nichos laborales fue su única posibilidad durante la experiencia migratoria. “Era lo que había”, me contaban, y no todas, pese a su escolaridad [había mujeres con estudios universitarios], lograron salir de esa espiral durante el tiempo que vivieron en el extranjero.

Más ancianos, menos jóvenes

El envejecimiento de la población y menos nacimientos es una realidad desde hace mucho tiempo en los países desarrollados, de ahí que dentro de sus llamados Estados de Bienestar hay conciencia, políticas migratorias y sistemas adaptados para dar cabida a la oferta y demanda de este tipo de oficios [con ventajas y aun así con desventajas para las mujeres migrantes]. Pero existe preocupación por lo que ocurrirá en las próximas décadas, incluyendo a los países del llamado Sur global, en los que la estructura mediante la cual se han resuelto tradicionalmente los cuidados ha sido la familia, cayendo el peso sobre las mujeres. Muchas de ellas, aunque activas en el mundo laboral, duplican sus jornadas de trabajo [extra e intra domiciliario] o terminan asignando esta responsabilidad a otras de su círculo cercano, sin remuneración de por medio por lo general.

De acuerdo con el informe Perspectivas de la Población Mundial de la Organización de las Naciones Unidas, se espera que el número de personas mayores, es decir, aquellas de 60 años o más, se duplique para 2050 y triplique para 2100 [ver gráfico], pues a nivel mundial, este grupo de población crece más rápidamente que los de personas más jóvenes. Europa es la región con más personas perteneciente a este grupo (25%), pero ese grado de envejecimiento de la población, advierte la ONU, también llegará a otras partes del mundo para 2050, con excepción de África.

Envejecimiento ONU

Envejecimiento de la población. Fuente: ONU, 2017

En el caso de México, el Consejo Nacional de Población (Conapo) proyecta que para 2030 el porcentaje de adultos mayores será de 20.4 millones, lo que representará el 14.8% del total de su población, ante lo cual, la demanda de servicios derivados de esta condición humana irá en aumento. En Ecuador, donde acualmente el 7% de sus habitantes tiene más de 65 años, otros estudios estiman que para 2025 llegará al 10%; en Perú, alcanzará el 13,2% en 2030, mientras que en países como Chile y Brasil, la esperanza de vida está mostrando aumentos acelerados.

Como explica del Río (2004), la crisis de los cuidados alcanzará dimensiones alarmantes, por lo que es necesario que esta problemática pase de la esfera de “lo privado” [los hogares] a un problema político de primer orden. En este marco, destaca que se requiere una corresponsabilidad no solo de los hombres, sino también del mercado, mediante la reorganización del sistema económico y laboral; y del Estado, vía políticas públicas.

Finalmente me quedan algunas interrogantes, que más bien, son una invitación a la reflexión sobre el tema: a) ¿Serán los Estados de los países del Sur Global capaces de gestionar el problema de la Cuidadanía de manera similar a la de los países desarrollados, en términos de bienestar social?; b) las migraciones laborales venideras, ¿seguirán reproduciendo la dimensión de género tradicional o ante la demanda, involucrará a hombres en lo concerniente a los cuidados?; c) las condiciones laborales para este tipo de oficios en América Latina, donde la precariedad es más profunda, ¿tendrán reconfiguraciones significativas que atraigan mano de obra [nacional o extranjera], con menores riesgos de ser víctimas de explotación?; y d) el peso que tiene la familia en los contextos latinoamericanos para asumir los cuidados, ¿sufrirá cambios sustanciales en vista de procesos demográficos que tienden a hogares con cada vez menos miembros y con necesidad de salir a trabajar? Seguramente habrá más preguntas que respuestas a estos desafíos.Ancianos 1


Referencias bibliográficas

Del Río, Sira, 2004, “La crisis de los cuidados. Precariedad a flor de piel”, Rebelión. En  http://www.rebelion.org/hemeroteca/economia/040308sira.htm

Martínez P., Jorge, 2007, “La feminización de las migraciones en América Latina: Discusiones y significados para políticas”, CEPAL, En https://www.cepal.org/celade/noticias/documentosdetrabajo/3/36563/JM_2007_FeminizacionMigracionesAL.pdf

Pagnotta, Chiara, 2012, “El espacio migratorio entre Guayaquil y Génova”, Mouseion, Dossiê Narrativas de Imigração, núm. 12, may-ago, pp. 56-69.

Pedone, Claudia, 2011, “Familias en movimiento. El abordaje teórico-metodológico del transnacionalismo familiar latinoamericano en el debate académico español”, Revista Latinoamericana de Estudios de Familia, núm. 3, pp. 223-244.

 

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Mor-Méx: horticultura y migración laboral interna

Quetzalli Estrada Lima

[1]queiraya@yahoo.com.mx

En nuestro país, desde el siglo pasado, la migración que se ha experimentado ha estado articulada por factores de expulsión (Revolución mexicana -durante y como resultado de-, sequías muy agudas, crisis económica y social, violencia), y factores de atracción (demanda de mano de obra para actividades de los diferentes sectores), siendo mayoritariamente los lugares de destino, los que definen su carácter temporal, pero siempre, buscando la complementariedad de los ingresos familiares para la subsistencia del grupo doméstico (Sánchez y Lutz, 2010).

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Foto: Quetzalli Estrada Lima, “productor de tomate”, Totolapan, Morelos, 2005

Particularmente, respecto a la crisis del campo, se ha vivido y haciendo frente de distintas maneras y con diferentes recursos por parte de los campesinos que responden a sus contextos regionales. Algunos de ellos, con acceso a tierras y recursos económicos, pudieron hacer frente a estas crisis cambiando sus formas, modos y tipos de cultivo, pero otro grupo de campesinos, pobres, comenzó un proceso migratorio que se ha venido reproduciendo, generación tras generación, buscando mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, esa búsqueda no ha sido precisamente exitosa. La migración jornalera es atraída a regiones agrícolas de cultivos de exportación, principalmente, y de cultivos que demandan fuerza de trabajo temporal (hortalizas, floricultura, vitivinícolas, frutas, etc.) que, con dinámicas particulares, se vinculan uno con otro, en distintas redes de flujos y circuitos migratorios complejos, formando redes y relaciones sociales, económicas y hasta políticas.

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Foto: Quetzalli Estrada, “Jornaleros migrantes. Grupo parental”, Colonia Guadalupe Hidalgo, México, 2005

En el centro del país, en la zona de los Altos de Morelos y municipios vecinos de estado de México, a mediados del siglo pasado se dieron algunas transformaciones que provocaron cambios que favorecieron la funcionalidad del espacio como nichos migratorios. Resulta difícil señalar la cronología de los primeros hechos, así como una implicación directa. Sin embargo, puedo mencionar que los cambios comenzaron del lado de Morelos y poco más tarde del de Estado de México (Estrada, 2009):

a) La producción de cultivos básicos fue desplazada en parte, por cultivos comerciales como frutas y hortalizas, que resultaban más rentables para el mercado interno. Esta producción ha dependido, desde un inicio, de pequeños productores, dueños o arrendatarios de parcelas atomizadas, que de manera individual no ocupan grandes contingentes de fuerza de trabajo, ni de forma continua, pero que sumados, han venido generando una demanda considerable.

b) Inicio de desplazamientos temporales y permanentes del campo a la ciudad (Cuautla, Cuernavaca, Distrito Federal). Estos desplazamientos movilizaron hombres solos, mujeres jóvenes solteras y hasta grupos familiares completos.

c) Relacionando los hechos anteriores, se dio un incremento de la demanda de mano de obra en los Altos de Morelos, que primeramente fue cubierta con trabajadores de la misma región (tanto de Morelos como del estado de México), pero al no poder solventar esa demanda, los productores tuvieron que desplazarse a la contratación de mano de obra indígena, que ya llegaba a la ciudad de Cuautla para la zafra.

d) Posteriormente, los pequeños productores comenzaron a canalizar esa mano de obra a sus propias comunidades, llegando a formar las condiciones adecuadas para que año con año, durante el temporal, los jornaleros agrícolas migrantes llegaran directamente a esta región y cubrieran las tareas correspondientes a la producción de hortalizas (jitomate, tomate, pepino, calabaza).

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Foto: Quetzalli Estrada Lima, “Empaque de jitomate”, Tlalámac, México, 2006

Actualmente, los productores de la región poseen entre media y cinco hectáreas, muchas veces repartidas en pequeñas parcelas, y son apoyados por sus grupos domésticos. Asimismo, la mayoría de ellos está inserto en una dinámica de subsistencia que se apoya en la multiactividad y en la diversidad agrícola, que le ha permitido, bajo esquemas, técnicas y practicas productivas de organización familiar, transgeneracional, consolidar estrategias de reproducción del grupo doméstico y comunitarias, que van redefiniendo sus identidades y su existencia cultural campesina, en un contexto económico y político desigual (Guzmán, 2005). Por lo tanto, para la mayoría de estos productores la horticultura no es su única fuente de ingresos, pues echan mano de otras actividades tales como la siembra de flores, el comercio local de frutas y alimentos (dentro y fuera de la región), o insertándose en subempleos del sector terciario.

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Foto: Quetzalli Estrada “Familia jornalera”, Totolapan, Morelos, 2005

A diferencia de otras zonas hortícolas del país, en esta región, las tareas del cultivo de hortalizas, se hacen de forma manual, desde la siembra hasta el empaque, por lo tanto, el periodo de demanda de fuerza de trabajo va de junio a noviembre (etapa intensa, septiembre y octubre). Además, el trato patrón-jornalero, se da de manera directa, sin figuras de intermediarios.

Otra característica de este mercado de trabajo, es que de acuerdo con Sánchez (2004:5) “la masiva afluencia de trabajadores en la temporada alta, tiende a mantener una sobreoferta, la cual puede agudizarse o neutralizarse por el errático comportamiento de los precios de mercado [alentando o inhibiendo la realización de las cosechas]”.

Bajo este contexto podemos distinguir cuatro centros de contratación de jornaleros migrantes, tres del lado de Morelos, y uno del de estado de México, surgidos en diferentes momentos y con algunas características particulares:

1) Atlatlahucan, municipio homónimo

2) Totolapan, municipio homónimo

3) Achichipico, municipio de Yecapixtla

4) Colonia Guadalupe Hidalgo, municipio de Atlautla

La población jornalera migrante puede ser de varones solos (Atlatlahucan), familiar, grupo parental, grupo mixto y paisanos, por lo tanto se pueden encontrar hombres, mujeres, adultos, jóvenes y niños, trabajando las parcelas de esta región. Las condiciones laborales han venido definiéndose históricamente por la experiencia, de trato directo con el “patrón”, y el precio de la jornada laboral es variable y corresponde con el precio del cultivo en el mercado, oscilando en promedio entre los 80 y 100 pesos por jornada laboral (un día). Por lo tanto, el empleo durante la temporada no es estable, ni de todos los días, lo que provoca entradas y salidas constantes de los jornaleros migrantes. Generalmente no hay pago diferenciado entre hombres y mujeres, pero sí en cuanto a las labores que se realizan. El trabajo infantil, no está “bien visto” en la región, por lo que no se hace trato con los niños, ellos pueden ayudar o no en las labores por las cuales fue contratado el padre o la madre.

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Foto: Quetzalli Estrada Lima. “Dos generaciones de jornaleros”, Colonia Guadalupe Hidalgo, México, 2006

Las comunidades de origen de esta población son principalmente, indígenas nahuas, mixtecas y tlapanecas de la Montaña de Guerrero (Atlamajalcingo del monte, Acatepec, San Luis Acatlán, Tlapa de Comonfort, Tlacoachistlahuaca y Metlatónoc), y la Mixteca oaxaqueña (San Pedro y San Pablo Teposcolula, Juxtlahuaca, Putla Villa de Guerrero, San Pablo Tijaltepec y Chalcatongo de Hidalgo). Y se han identificado dos principales modalidades migratorias importantes:

  1. a) la pendular: migrantes que se mueven desde su lugar regular de residencia a algún otro (en Morelos o estado de México), y de regreso.
  2. b) la circular: aquellos que viajan siguiendo las cosechas de jitomate, en diferentes regiones agrícolas del país, resaltando destinos como los campos agrícolas de Sinaloa, Michoacán y Baja California.

La naturaleza de las empresas agrícolas, marcadas por su limitada escala y nivel económico, por un lado, y las condiciones precarias laborales, con bajas remuneraciones y alto rendimiento de los trabajadores, por otro, han sido clave para la consolidación de un mercado laboral que ha favorecido la migración indígena jornalera. Es así como el nicho migratorio Mor- Méx se articula a un circuito migratorio complejo, que se suma a una geografía de flujos al interior de nuestro país, marcado por la agricultura comercial  (interna e internacional), donde la articulación del empleo estacional forma parte de las estrategias de sobrevivencia de hogares que se han especializado como jornaleros agrícolas.

 


 

Referencias bibliográficas:

Estrada, Quetzalli (2008), “Migración y empleo en el sureste del estado de México”  en Dilemas de la migración en la sociedad posindustrial, Pablo Castro Domingo (coord.), Miguel Angel Porrúa/UAEM México/UAM, México, pp. 113-136

Estrada, Quetzalli (2009), “La expansión del mercado de trabajo morelense hacia tierras del sureste mexiquense y sus centros de contratación”, en Buscando la vida. Productores y jornaleros migrantes en Morelos, Kim Sánchez y Adriana Saldaña (Coords.), Plaza y Valdés Editores, pp. 61-86

Guzmán, Elsa (2005), Resistencia, permanencia y cambio. Estrategias campesinas de vida en el poniente de Morelos, Plaza y Valdés Editores-UAEM Morelos

Sánchez, Martha J. y Bruno Lutz Bachère (2010) “Introducción” en Balance y perspectivas del campo mexicano: a más de una década del TLCAN y del movimiento zapatista, Instituto de Investigaciones Sociales (UNAM)-Asociación Mexicana de Estudios Rurales, pp. 15-26

Sánchez, Kim (2004), “Los jornaleros agrícolas migrantes en los Altos de Morelos”, Avances de investigación, México, Facultad de Humanidades-UAEM-Morelos

[1] Estudió la licenciatura en Antropología Social en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Como estudiante participó en el Proyecto de creación de Bases de Datos en la Unidad de Estudios Etnográficos y Antropológicos de la Facultad de Humanidades de la UAEM.

Ha colaborado en la realización de DVD-Documentales sobre danzas, en los estados de Guerrero (2006) y Tabasco (2010-2011), con grabaciones de campo, levantamiento de imágenes de video y fotos fijas, así como en la investigación para el sustento de los mismos. Ha sido miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Rurales A. C. (AMER) y la Asociación Mexicana de Estudios del Trabajo A. C. (AMET). Fue Becaria del CONACYT a través del proyecto red “La constitución de territorios migratorios como espacios de articulación de migraciones nacionales e internacionales. Cuatro estudios de caso” bajo la dirección general de la Dra. Sara M. Lara Flores del IIS-UNAM. Ha publicado artículos relacionados con los temas sobre mercados de trabajo rural, centros de contratación y migración laboral (2008, 2009a, 2009b, 2010).

Ha sido ponente en diversos foros de Congresos sobre temas del campo mexicano, patrimonio cultural inmaterial y educación media superior. Ha cursado diplomados sobre Patrimonio Cultural Inmaterial (CRIM-UNAM, 2013), Competencias docentes en el nivel medio superior (UAEMéx., 2013-2014), Derechos humanos (UACM, 2015). Y desde el 2011, es docente de nivel medio superior en el estado de México.Imagen 7

 

Cuerpo y emoción: la experiencia en campo como investigadoras sociales

Por: Gabriela Pinillos

 

En mi entrada anterior al blog quise proponer una reflexión acerca de la importancia de discutir sobre los retos en campo que experimentamos las mujeres y escribir sobre las estrategias que se crean para superar las desventajas de género en esta materia.

Me interesa, en términos generales, el tema de las emociones y la corporalidad de las mujeres en la investigación y, particularmente, en esta nueva entrada mi objetivo es invitar a reflexionar sobre el tema de las estrategias de acercamiento que las mujeres investigadoras adoptamos en espacios principalmente dominados por hombres así como también sobre las estrategias de acercamiento con otras mujeres, y poner en consideración la denominada “objetividad epistemológica” que tanto se menciona en las aulas de clase y en donde se nos exige, para una investigación más exitosa, procurar la capacidad de tomar la distancia con el problema de estudio y verlo, en la medida de lo posible, como si nuestra presencia no irrumpiera en el espacio, de modo que la observación que hacemos pueda copiar la imagen más ajustada de la cotidianidad de las poblaciones que estudiamos.

En la experiencia en campo, como en la vida cotidiana, nos enfrentamos a una serie de circunstancias que nos confrontan, nos retan, nos desafían. ¿Qué hacemos con ello? ¿cómo nos enfrentamos a cada situación de esas? son cosas que no podemos saber hasta no vivirlas, esto no quiere decir que no podamos considerarlas previamente y crear-diseñar un plan estratégico para afrontar contingencias en campo. Pero ¿qué hacer con aquello que no podemos prever y que puede escaparse de cualquier plan previamente establecido?

Desde situaciones que podríamos llamar “límite” tales como experiencias de agresiones o violencia, hasta otras que pudiéramos considerar dentro de la normalidad, como el encuentro noble y considerado con la/el otra(o), nos exponen como investigadoras(es) a la expresión de sentimientos y emociones permanentemente. Experiencias de violencia, por un lado o de empatía, por otro: el enojo, el llanto, la ternura, el miedo están aunque no siempre presentes, sí se manifiestan latentes frente a lo inesperado, no es posible alejarnos totalmente de ellos. Sin duda, la forma en que estos sentimientos se manifiestan y cómo los manejamos depende de cada persona, y está sujeto, por supuesto, a la capacidad de cada individuo de manejar sus emociones. Por ello la riqueza de cada investigación también está en la experiencia de cada investigador y, en esa misma medida, los resultados siempre entregarán algo nuevo, aunque se trate de un tema “muy” explorado y aunque dos personas parezca que están interesados en el mismo problema de investigación. Pero esa riqueza será tal en la medida en que, al reconocer la importancia de plantearlo como un tema central en las ciencias sociales, la expresión de emociones y el manejo y las estrategias que se crean para asumirlas en cada inmersión en campo sea documentada y expuesta de manera abierta entre investigadores de todas las disciplinas.

En la experiencia que generan esas situaciones, y en específico, en mi experiencia en campo, he descubierto la importancia del cuerpo y la atención que se debe otorgar al mismo en el encuentro con el/la otro(a), el cuerpo para mí se convierte en un recurso. Planteo entonces que el reconocimiento de éste como una herramienta más de investigación y como un elemento que podemos explorar en la intervención en campo, debe ser necesario como una fuente de posibilidades en la definición de estrategias que nos permitan estar atentos a cómo nuestras emociones se representan y nos impactan en cada inmersión en campo.

En ese sentido, no solo es el cuerpo del otro el que observamos, sino es el propio cuerpo del investigador el que irrumpe en el espacio y lo trastoca invariablemente, razón por la cual debe ser también objeto de nuestra propia observación. El asunto entonces es que la consciencia de ello puede, entonces sí, permitirnos comprendernos a nosotros mismos con todas nuestras emociones, comprender al otro, comprender que en ese encuentro, en esa intervención que hacemos del espacio, nuestra corporalidad y nuestra emocionalidad impacta y es impactada en esa interacción, en lo que estamos observando, nuevamente, de manera personal y singular desde la experiencia de sujeto que investiga.

Los escritos sobre emociones están vinculados a las experiencias de las poblaciones que se estudian y que observamos en el trabajo de campo. Marina Ariza y otros autores vinculados a la Sociología de las Emociones escriben acerca de ello. La emocionalidad y la relación de ésta con la corporalidad son elementos indisolubles e indistintos de la experiencia en campo. Partimos de la idea de que la interacción y el acercamiento entre sujeto de investigación e investigador se encuentran atravesados por las emociones de cada uno las cuales son previas a dicha interacción y vienen dadas a partir del contexto en que cada quien se desenvuelve.

Es por ello que en el encuentro entre investigador y sujetos de estudio, ocurren un cúmulo de emociones y sensaciones que se producen y se combinan, se confrontan y se modifican. No son ajenas unas de otras. Quisiera entonces retomar dos ejemplos a partir de mi diario de campo para presentar lo que para mí ha significado el encuentro con diversos tipos de poblaciones y sujetos de estudio, y la forma en cómo he reconocido el papel no solo como estudiante-investigadora, sino como cuerpo que irrumpe en un espacio.

Resulta preciso fortalecer discusiones y debates en torno a cómo acercarse al campo, cómo el rol de quien investiga es puesto a prueba continuamente, sobre todo, por ejemplo, en el caso de las mujeres investigadoras que se aproximan a espacios dominados por hombres para estudiar las problemáticas que en torno a ellos ocurren, o cuando se trata mujeres que estudian poblaciones de mujeres y con las cuales puede ocurrir una suerte de efecto espejo. Esto particularmente en ciudades fronterizas, donde diferentes procesos y problemáticas sociales se traslapan, se conjuntan, se confunden y crean un escenario complejo donde queda atravesada la frontera geopolítica y, con ella, todas las fronteras simbólicas que se van creando en esa misma maraña de complejidades.

En mi reciente experiencia en campo, la alteridad y la emocionalidad han desafiado continuamente mi acercamiento y aproximación con mis sujetos de estudio. Por una parte, con algunos grupos de hombres migrantes en contextos de violencia, el miedo, el acoso, la objetivación del cuerpo, por poner algunos ejemplos, son elementos sobre los cuales he tenido que adoptar comportamientos que me han permitido resistir el tiempo de inmersión en campo, estrategias que van desde el vestuario, el uso de accesorios y objetos, la adopción de roles que mencionaré a continuación, que logren disuadir un poco la imagen que para ellos pueda representar la presencia de una mujer irrumpiendo en su espacio. Retomaré el caso de un espacio específico en la ciudad donde un grupo de hombres llega todos los días en busca de trabajo vinculado con los oficios de construcción.

En el año 2016 realicé una primera etapa de campo en el lugar, se trató de una exploración a través de observación directa, pláticas informales, y la búsqueda de rapport que pudiera apoyarme en el proceso. Luego, en el año 2017, primer semestre, en la segunda semana de inmersión de la segunda etapa de campo, donde mi tarea consistía ahora en realizar las entrevistas a profundidad con los sujetos del lugar, tuve que encontrarme con expresiones violentas, con formas de acoso. Era de mañana y mientras platicaba con Ramón, un sujeto que pasó muy cerca de nosotros grita: “dile que te gusta el pito“. Estaba muy agresivo y sentí miedo. Ramón tenía una pala de construcción en la mano, y me decía que la tenía para protegerse del otro hombre, era un arma de defensa. Luego, un rato después, en una conversación grupal, un sujeto se refiere a mí diciéndole a otro: “¿tú crees que es tonta? parece, pero no debe ser tanto cuando es capaz de estar aquí sola”. En esas y otras expresiones de los sujetos, comprendí una subjetivación sobre mí, sobre mi cuerpo, la observación que ellos hacían de mí, de mi corporalidad y de mi emocionalidad, una interpretación de quien yo era para ellos justo ahí en ese momento y en ese espacio.

Una mujer de origen colombiano, esa sola característica me podía poner frente a ellos en situaciones distintas, mientras para mí eso significaba la posibilidad de tener una empatía con ellos por ser o haber sido migrante, en realidad su percepción podría estar más asociada al imaginario que desde su experiencia, su socialización, su construcción tienen de Colombia y de las mujeres colombianas, esto por poner un ejemplo. Sus preguntas hacia mí siempre iban en la desconfianza y el escepticismo que podía generar la presencia de una mujer sola y joven en ese espacio constituido eminentemente por hombres.

Una de mis estrategias en este espacio fue usar ropa lo más grande posible, no ponerme maquillaje, no llevar aretes, ponerme un anillo que simulara que soy casada, esto ya lo había escuchado como recomendaciones de otras personas en sus experiencias en campo. Pienso que hasta cierto punto mi cuerpo les permitía no sentirse amenazados por mí. Las características del mismo y la forma en que yo lo reconocía y lo adoptaba, quizá les daba cierta seguridad al hablar conmigo. En la definición de mis estrategias entendí que debía estar siempre consciente de que era mi cuerpo el que irrumpía en el lugar, y que era yo debía adaptarme a el, resistir y soportar las condiciones de un lugar que estaba ordenado previamente, y que en esa conciencia yo debía el reconocimiento de las desigualdades de género, que nos exponen en cierta medida y que tenemos como mujeres que transgredir y enfrentar muchas veces para realizar nuestro trabajo, y poder encontrar en ello oportunidades y recursos como investigadoras sociales.

Ahora bien, por otra parte, del otro tema sobre el cual quería reflexionar, cuando se trata de mujeres que estudian poblaciones de mujeres, voy a retomar el ejemplo de mi acercamiento con mujeres migrantes, el efecto espejo del que hablo lo asocio a la empatía que surge, en muchos casos, durante los relatos de vida en donde se señala la experiencia vivida a partir de la ocurrencia de sucesos vitales como: el nacimiento de los hijos, la muerte, la separación, la migración misma. En la misma etapa de inmersión en campo realizada en el año 2017, me acerqué a un grupo de mujeres que tenían una organización para ayudar a otras mujeres que también se encontraran en situaciones difíciles a causa de su deportación desde Estados Unidos.

Con una de ellas, con quien al momento de conocernos hubo que darse un proceso de construcción de confianza que le permitiera a ella la posibilidad de contarme su historia a través de una entrevista, durante el relato de su historia, la narración que desarrolla sobre su experiencia como madre, el amor por los hijos y la separación con ellos, no podía dejar de resultarme, fundamentalmente, conmovedora, evidentemente pude y tuve que entender mi papel y asumir mi rol frente a ella. Pero resultó un momento de exigencia y de plena conciencia de los cuerpos y las emociones, tanto suyas como mías, una conciencia que demandó también la atención sobre mí misma.

Recuerdo que al terminar un periodo largo de entrevistas terminaba con un dolor muy fuerte en el cuello y la garganta, el médico me dijo que se trataba de un problema en la mordida que se podía deber entre otras a la tendencia a apretar los dientes de manera muy fuerte. Supe que ese dominio que había tenido que ejercer sobre mi cuerpo y sus expresiones en la interacción con la otra, en la escucha, en el silencio y en las pausas, me había generado una serie de sensaciones que requerían también de una estrategia fuera de campo: salir a correr, caminar, relajar, se volvía parte del ritual y de los pasos para terminar cada inmersión en campo. No siempre lo logré, porque luego también está la vida, aquí podemos retomar el planteamiento de Goffman (1989) nuestra actuación es siempre mejor que el conocimiento teórico que de ella tenemos”.

Identificar y reflexionar acerca de las emociones que genera esa interacción se convirtió en un mecanismo en la definición de mis estrategias para resolver los problemas epistemológicos: ¿cómo construir el conocimiento de la manera más clara posible y menos interrumpida por nuestras condiciones personales? ¿cómo considerar las consecuencias que esto tendrá en los resultados de investigación?. Identificar las emociones, reconocer nuestro cuerpo como elemento de intervención en campo, permitirá una mayor conciencia sobre el objeto que se estudia, sobre las comunidades que buscamos comprender y estudiar. El reconocimiento de las emociones y de la forma en que podía usar mi cuerpo de diferentes formas en cada población (como recurso en todos los casos, pero de diferentes formas dependiendo de la naturaleza del espacio, las poblaciones, el ambiente, etc), me permitió resolver el miedo de enfrentarme a ello, la fortaleza que puedo tener para pararme frente a cada sujeto y desenvolverme en cada espacio, con cuidado, con prudencia, con protocolos, pero también con honestidad, libertad y seguridad.

Quiero plantear esta discusión como una forma de invitar a una reflexión entre las y los jóvenes investigadoras(es) y a incluir en nuestros apartados metodológicos la reflexión o auto-reflexión de nuestra propia experiencia en campo, y así ir abonando a la construcción de literatura que se viene haciendo sobre herramientas y estrategias metodológicas y de acercamiento en campo. Pienso que reconocer el efecto que pueden tener estas interacciones permite si no la denominada “distancia epistemológica”, sí la conciencia del cuerpo como un instrumento en campo, y que esa consciencia sirva, a su vez, como elemento que permita superar los retos y obstáculos metodológicos que cada vez complejizan más la tarea de las y los investigadores por las mismas transformaciones y cambios acelerados que experimentamos en nuestras sociedades actualmente. Y, por último, creo que poner en la mesa estas experiencias, discutirlas de manera colectiva, nos puede ayudar a entendernos en nuestra labor de investigadoras y a tener consciencia, no sólo de los sujetos de estudio, sino de nosotras mismas.