Mor-Méx: horticultura y migración laboral interna

Quetzalli Estrada Lima

[1]queiraya@yahoo.com.mx

En nuestro país, desde el siglo pasado, la migración que se ha experimentado ha estado articulada por factores de expulsión (Revolución mexicana -durante y como resultado de-, sequías muy agudas, crisis económica y social, violencia), y factores de atracción (demanda de mano de obra para actividades de los diferentes sectores), siendo mayoritariamente los lugares de destino, los que definen su carácter temporal, pero siempre, buscando la complementariedad de los ingresos familiares para la subsistencia del grupo doméstico (Sánchez y Lutz, 2010).

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Foto: Quetzalli Estrada Lima, “productor de tomate”, Totolapan, Morelos, 2005

Particularmente, respecto a la crisis del campo, se ha vivido y haciendo frente de distintas maneras y con diferentes recursos por parte de los campesinos que responden a sus contextos regionales. Algunos de ellos, con acceso a tierras y recursos económicos, pudieron hacer frente a estas crisis cambiando sus formas, modos y tipos de cultivo, pero otro grupo de campesinos, pobres, comenzó un proceso migratorio que se ha venido reproduciendo, generación tras generación, buscando mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, esa búsqueda no ha sido precisamente exitosa. La migración jornalera es atraída a regiones agrícolas de cultivos de exportación, principalmente, y de cultivos que demandan fuerza de trabajo temporal (hortalizas, floricultura, vitivinícolas, frutas, etc.) que, con dinámicas particulares, se vinculan uno con otro, en distintas redes de flujos y circuitos migratorios complejos, formando redes y relaciones sociales, económicas y hasta políticas.

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Foto: Quetzalli Estrada, “Jornaleros migrantes. Grupo parental”, Colonia Guadalupe Hidalgo, México, 2005

En el centro del país, en la zona de los Altos de Morelos y municipios vecinos de estado de México, a mediados del siglo pasado se dieron algunas transformaciones que provocaron cambios que favorecieron la funcionalidad del espacio como nichos migratorios. Resulta difícil señalar la cronología de los primeros hechos, así como una implicación directa. Sin embargo, puedo mencionar que los cambios comenzaron del lado de Morelos y poco más tarde del de Estado de México (Estrada, 2009):

a) La producción de cultivos básicos fue desplazada en parte, por cultivos comerciales como frutas y hortalizas, que resultaban más rentables para el mercado interno. Esta producción ha dependido, desde un inicio, de pequeños productores, dueños o arrendatarios de parcelas atomizadas, que de manera individual no ocupan grandes contingentes de fuerza de trabajo, ni de forma continua, pero que sumados, han venido generando una demanda considerable.

b) Inicio de desplazamientos temporales y permanentes del campo a la ciudad (Cuautla, Cuernavaca, Distrito Federal). Estos desplazamientos movilizaron hombres solos, mujeres jóvenes solteras y hasta grupos familiares completos.

c) Relacionando los hechos anteriores, se dio un incremento de la demanda de mano de obra en los Altos de Morelos, que primeramente fue cubierta con trabajadores de la misma región (tanto de Morelos como del estado de México), pero al no poder solventar esa demanda, los productores tuvieron que desplazarse a la contratación de mano de obra indígena, que ya llegaba a la ciudad de Cuautla para la zafra.

d) Posteriormente, los pequeños productores comenzaron a canalizar esa mano de obra a sus propias comunidades, llegando a formar las condiciones adecuadas para que año con año, durante el temporal, los jornaleros agrícolas migrantes llegaran directamente a esta región y cubrieran las tareas correspondientes a la producción de hortalizas (jitomate, tomate, pepino, calabaza).

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Foto: Quetzalli Estrada Lima, “Empaque de jitomate”, Tlalámac, México, 2006

Actualmente, los productores de la región poseen entre media y cinco hectáreas, muchas veces repartidas en pequeñas parcelas, y son apoyados por sus grupos domésticos. Asimismo, la mayoría de ellos está inserto en una dinámica de subsistencia que se apoya en la multiactividad y en la diversidad agrícola, que le ha permitido, bajo esquemas, técnicas y practicas productivas de organización familiar, transgeneracional, consolidar estrategias de reproducción del grupo doméstico y comunitarias, que van redefiniendo sus identidades y su existencia cultural campesina, en un contexto económico y político desigual (Guzmán, 2005). Por lo tanto, para la mayoría de estos productores la horticultura no es su única fuente de ingresos, pues echan mano de otras actividades tales como la siembra de flores, el comercio local de frutas y alimentos (dentro y fuera de la región), o insertándose en subempleos del sector terciario.

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Foto: Quetzalli Estrada “Familia jornalera”, Totolapan, Morelos, 2005

A diferencia de otras zonas hortícolas del país, en esta región, las tareas del cultivo de hortalizas, se hacen de forma manual, desde la siembra hasta el empaque, por lo tanto, el periodo de demanda de fuerza de trabajo va de junio a noviembre (etapa intensa, septiembre y octubre). Además, el trato patrón-jornalero, se da de manera directa, sin figuras de intermediarios.

Otra característica de este mercado de trabajo, es que de acuerdo con Sánchez (2004:5) “la masiva afluencia de trabajadores en la temporada alta, tiende a mantener una sobreoferta, la cual puede agudizarse o neutralizarse por el errático comportamiento de los precios de mercado [alentando o inhibiendo la realización de las cosechas]”.

Bajo este contexto podemos distinguir cuatro centros de contratación de jornaleros migrantes, tres del lado de Morelos, y uno del de estado de México, surgidos en diferentes momentos y con algunas características particulares:

1) Atlatlahucan, municipio homónimo

2) Totolapan, municipio homónimo

3) Achichipico, municipio de Yecapixtla

4) Colonia Guadalupe Hidalgo, municipio de Atlautla

La población jornalera migrante puede ser de varones solos (Atlatlahucan), familiar, grupo parental, grupo mixto y paisanos, por lo tanto se pueden encontrar hombres, mujeres, adultos, jóvenes y niños, trabajando las parcelas de esta región. Las condiciones laborales han venido definiéndose históricamente por la experiencia, de trato directo con el “patrón”, y el precio de la jornada laboral es variable y corresponde con el precio del cultivo en el mercado, oscilando en promedio entre los 80 y 100 pesos por jornada laboral (un día). Por lo tanto, el empleo durante la temporada no es estable, ni de todos los días, lo que provoca entradas y salidas constantes de los jornaleros migrantes. Generalmente no hay pago diferenciado entre hombres y mujeres, pero sí en cuanto a las labores que se realizan. El trabajo infantil, no está “bien visto” en la región, por lo que no se hace trato con los niños, ellos pueden ayudar o no en las labores por las cuales fue contratado el padre o la madre.

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Foto: Quetzalli Estrada Lima. “Dos generaciones de jornaleros”, Colonia Guadalupe Hidalgo, México, 2006

Las comunidades de origen de esta población son principalmente, indígenas nahuas, mixtecas y tlapanecas de la Montaña de Guerrero (Atlamajalcingo del monte, Acatepec, San Luis Acatlán, Tlapa de Comonfort, Tlacoachistlahuaca y Metlatónoc), y la Mixteca oaxaqueña (San Pedro y San Pablo Teposcolula, Juxtlahuaca, Putla Villa de Guerrero, San Pablo Tijaltepec y Chalcatongo de Hidalgo). Y se han identificado dos principales modalidades migratorias importantes:

  1. a) la pendular: migrantes que se mueven desde su lugar regular de residencia a algún otro (en Morelos o estado de México), y de regreso.
  2. b) la circular: aquellos que viajan siguiendo las cosechas de jitomate, en diferentes regiones agrícolas del país, resaltando destinos como los campos agrícolas de Sinaloa, Michoacán y Baja California.

La naturaleza de las empresas agrícolas, marcadas por su limitada escala y nivel económico, por un lado, y las condiciones precarias laborales, con bajas remuneraciones y alto rendimiento de los trabajadores, por otro, han sido clave para la consolidación de un mercado laboral que ha favorecido la migración indígena jornalera. Es así como el nicho migratorio Mor- Méx se articula a un circuito migratorio complejo, que se suma a una geografía de flujos al interior de nuestro país, marcado por la agricultura comercial  (interna e internacional), donde la articulación del empleo estacional forma parte de las estrategias de sobrevivencia de hogares que se han especializado como jornaleros agrícolas.

 


 

Referencias bibliográficas:

Estrada, Quetzalli (2008), “Migración y empleo en el sureste del estado de México”  en Dilemas de la migración en la sociedad posindustrial, Pablo Castro Domingo (coord.), Miguel Angel Porrúa/UAEM México/UAM, México, pp. 113-136

Estrada, Quetzalli (2009), “La expansión del mercado de trabajo morelense hacia tierras del sureste mexiquense y sus centros de contratación”, en Buscando la vida. Productores y jornaleros migrantes en Morelos, Kim Sánchez y Adriana Saldaña (Coords.), Plaza y Valdés Editores, pp. 61-86

Guzmán, Elsa (2005), Resistencia, permanencia y cambio. Estrategias campesinas de vida en el poniente de Morelos, Plaza y Valdés Editores-UAEM Morelos

Sánchez, Martha J. y Bruno Lutz Bachère (2010) “Introducción” en Balance y perspectivas del campo mexicano: a más de una década del TLCAN y del movimiento zapatista, Instituto de Investigaciones Sociales (UNAM)-Asociación Mexicana de Estudios Rurales, pp. 15-26

Sánchez, Kim (2004), “Los jornaleros agrícolas migrantes en los Altos de Morelos”, Avances de investigación, México, Facultad de Humanidades-UAEM-Morelos

[1] Estudió la licenciatura en Antropología Social en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Como estudiante participó en el Proyecto de creación de Bases de Datos en la Unidad de Estudios Etnográficos y Antropológicos de la Facultad de Humanidades de la UAEM.

Ha colaborado en la realización de DVD-Documentales sobre danzas, en los estados de Guerrero (2006) y Tabasco (2010-2011), con grabaciones de campo, levantamiento de imágenes de video y fotos fijas, así como en la investigación para el sustento de los mismos. Ha sido miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Rurales A. C. (AMER) y la Asociación Mexicana de Estudios del Trabajo A. C. (AMET). Fue Becaria del CONACYT a través del proyecto red “La constitución de territorios migratorios como espacios de articulación de migraciones nacionales e internacionales. Cuatro estudios de caso” bajo la dirección general de la Dra. Sara M. Lara Flores del IIS-UNAM. Ha publicado artículos relacionados con los temas sobre mercados de trabajo rural, centros de contratación y migración laboral (2008, 2009a, 2009b, 2010).

Ha sido ponente en diversos foros de Congresos sobre temas del campo mexicano, patrimonio cultural inmaterial y educación media superior. Ha cursado diplomados sobre Patrimonio Cultural Inmaterial (CRIM-UNAM, 2013), Competencias docentes en el nivel medio superior (UAEMéx., 2013-2014), Derechos humanos (UACM, 2015). Y desde el 2011, es docente de nivel medio superior en el estado de México.Imagen 7

 

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