Autor: Lucía Ortiz

El ‘otro’ retorno. Una breve propuesta sobre el retorno subjetivo

Por Lucía Ortiz Domínguez

luciaortizdom@gmail.com

 

Home is where you heart is. Esta pequeña pero poderosa frase la repetía Emmanuel  -joven retornado que vive en el Estado de México- en el trayecto a casa mientras veníamos de una comida que había organizado, fuera de la ciudad, uno de sus amigos también retornado de Estados Unidos[1]. La frase me cimbró pues se vinculaba con la historia de Emma una de las integrantes de la organización Dreamers moms- Tijuana, quien estaba por regresar a Estados Unidos con su familia después de doce años de castigo por haber entrado a la Unión Americana de manera indocumentada hace más de 15 años y a quien unos días antes había tenido la oportunidad de entrevistar[2].

Emma se casó en el año 2001 en Estados Unidos. En ese mismo año comenzó su proceso migratorio para tramitar su residencia, derecho que tenía por haberse casado con un ciudadano americano. Fue en 2006, cuando recién había nacido su tercer hijo, que recibió una notificación para presentarse en Ciudad Juárez para continuar sus trámites migratorios. Cuenta que ella y su familia viajaban felices de California a Juárez, pues por fin iban a poder moverse sin miedo, a lo largo de la Unión Americana. Sin embargo, estando en Ciudad Juárez, le dijeron que no podía volver más a casa con su esposo e hijos, que tenía que esperar 10 años para estar con ellos. La habían castigado por entrar sin documentos y permanecer 6 años en esta situación en dicho país.

La noticia no fue grata para la familia, pues la madre no iba a poder regresar por un buen tiempo a casa. Pasaron algunos meses para que Emma y su esposo se pudieran organizar, incluso Emma pensó en el divorcio como una opción. Al principio los niños se quedaron con la madre en México, pero la situación en este país también resultó difícil para ella y sus hijos pues les negaron el acceso a las vacunas y a las escuelas públicas por no contar con acta de nacimiento mexicana. Ahí fue cuando Emma se volvió activista “ […] a mi me daba mucha impotencia ver a los dos gobiernos dándonos la espalda. El gobierno de Estados Unidos le estaba dando la espalda a mi esposo e hijos y no les estaba importando a ellos. Y mi país también me estaba dando la espalda como ciudadana, no me querían atender a mis hijos, no me los querían aceptar en las escuelas” cometa Emma.

Emma activista

Emma en la frontera México- Estados Unidos con la camiseta de Dreamers Moms-Tijuana. Fuente: Foto tomada del muro de Facebook de Emma Sánchez

Fue en entonces que Emma y su esposo comenzaron a tomar decisiones importantes. Por un lado, resolvieron que ella se quedara con sus hijos hasta que cumplieran cinco años, después se los llevaría su esposo a California a vivir con él. Por el otro, decidieron que Emma se estableciera en Tijuana por la cercanía con la frontera. Así, conforme iban creciendo los niños, se iban separando de la madre, aunque los veía algunos fines de semana y durante las vacaciones.

Durante doce años y medio vivieron esta separación familiar. Emma añoraba y contaba el tiempo para regresar a casa con su familia, hizo todo lo que estaba en sus manos para que esto sucediera. “Cuando mis  hijos eran chiquitos siempre le pedían a Santa Claus de regalo de navidad a su mamá y ya después juguetes. Ahora les digo a mis hijos, ‘mira ahora si te va a dar de regalo Santa Claus a tu mamá’ […] los deseos cuando de verdad vienen del corazón se cumplen”, narra Emma.

A Emma le llegó el pasaporte con el permiso a entrar a Estados Unidos para reunirse con su familia el día 7 de diciembre de 2018. Al otro día cruzó la frontera. Por fin llegaría a casa. Por fin podía participar de las tareas cotidianas con sus hijos. Por fin podía mirar sus logros. Se encontraba nerviosa cuando le realicé la entrevista, porque sabía que tenía que readaptarse a las nuevas circunstancias después de haber pasado muchos años lejos de su hogar.

Emma y su familia

Emma con sus tres hijos y esposo (lado derecho) así como reporteros (lado izquierdo) que registraron su “bienvenida a casa”. Fuente: Foto tomada del muro de Facebook de Emma Sánchez

Así como la historia de Emma, existen otras tantas que he tenido la oportunidad de escuchar y que me han hecho reflexionar sobre cómo nombrar aquél movimiento migratorio que implica volver, no al lugar de nacimiento, sino al lugar donde está tu corazón, tu casa, tu familia. En lo estudios migratorios, si bien se reconoce que la migración es un proceso inacabado, que tiene muchas idas y vueltas, un retornado se define como aquella persona que regresa al lugar de origen, de nacimiento, después de haber tenido una experiencia de migrante internacional (Gandini, Lozano- Ascenico, Gaspar, 2016).

La historia de Emma, además de mostrar un proceso de separación familiar, ejemplifica que, regresar al lugar/país del que los migrantes son expulsados también es posible a través de un proceso de reunificación familiar, si el o la migrante contrae matrimonio con un(a) ciudadano(a) estadounidense, por ejemplo; y cuando se cumplen los años de castigo. Es decir, es posible regresar y además de manera documentada (aunque no necesariamente), al lugar al que los migrantes consideran “su hogar” pese a que no sea su país de nacimiento, sino aquél donde está la familia o el corazón, tal y como lo señala Emmanuel a través de la frase con la que abrí este texto.

A este tipo de retorno propongo llamarlo “retorno subjetivo” pues es un regreso que alude a la parte emocional y por lo tanto subjetiva de la pertenencia. Asimismo, si pensamos en aquellos migrantes mexicanos de la generación 1.5 que crecieron en Estados Unidos, que retornaron a México bajo distintas circunstancias, y que por motivos diversos han podido regresar a Estados Unidos estamos, según esta breve propuesta, hablando de migrantes que también experimentan un retorno subjetivo. Pues están regresando al país que consideran su casa.

Si bien, el “retorno subjetivo” es un concepto para reflexionar y por supuesto discutir, considero que la historia de Emma así como otras experiencias, nos invitan a darle una vuelta de tuerca al concepto de retorno y nos sugieren incorporarle el factor subjetivo a la categoría, e involucrar elementos como reunificación familiar, hogar, emociones, raíces, entre otros. Ello con el objeto de explicar estos regresos al lugar de emigración luego de una experiencia de retorno o deportación al país de origen.

Bibliografía

Gandini, F. L. A. (2016). El retorno en el nuevo escenario de la migración entre México y Estados Unidos. Secretaría de Gobernación.

[1] Esta platica la sostuvimos el 9 de diciembre de 2018 en el Estado de México

[2] Entrevista telefónica realizada el 4 de diciembre de 2018.

 

 

 

 

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Mor-Méx: horticultura y migración laboral interna

Quetzalli Estrada Lima

[1]queiraya@yahoo.com.mx

En nuestro país, desde el siglo pasado, la migración que se ha experimentado ha estado articulada por factores de expulsión (Revolución mexicana -durante y como resultado de-, sequías muy agudas, crisis económica y social, violencia), y factores de atracción (demanda de mano de obra para actividades de los diferentes sectores), siendo mayoritariamente los lugares de destino, los que definen su carácter temporal, pero siempre, buscando la complementariedad de los ingresos familiares para la subsistencia del grupo doméstico (Sánchez y Lutz, 2010).

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Foto: Quetzalli Estrada Lima, “productor de tomate”, Totolapan, Morelos, 2005

Particularmente, respecto a la crisis del campo, se ha vivido y haciendo frente de distintas maneras y con diferentes recursos por parte de los campesinos que responden a sus contextos regionales. Algunos de ellos, con acceso a tierras y recursos económicos, pudieron hacer frente a estas crisis cambiando sus formas, modos y tipos de cultivo, pero otro grupo de campesinos, pobres, comenzó un proceso migratorio que se ha venido reproduciendo, generación tras generación, buscando mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, esa búsqueda no ha sido precisamente exitosa. La migración jornalera es atraída a regiones agrícolas de cultivos de exportación, principalmente, y de cultivos que demandan fuerza de trabajo temporal (hortalizas, floricultura, vitivinícolas, frutas, etc.) que, con dinámicas particulares, se vinculan uno con otro, en distintas redes de flujos y circuitos migratorios complejos, formando redes y relaciones sociales, económicas y hasta políticas.

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Foto: Quetzalli Estrada, “Jornaleros migrantes. Grupo parental”, Colonia Guadalupe Hidalgo, México, 2005

En el centro del país, en la zona de los Altos de Morelos y municipios vecinos de estado de México, a mediados del siglo pasado se dieron algunas transformaciones que provocaron cambios que favorecieron la funcionalidad del espacio como nichos migratorios. Resulta difícil señalar la cronología de los primeros hechos, así como una implicación directa. Sin embargo, puedo mencionar que los cambios comenzaron del lado de Morelos y poco más tarde del de Estado de México (Estrada, 2009):

a) La producción de cultivos básicos fue desplazada en parte, por cultivos comerciales como frutas y hortalizas, que resultaban más rentables para el mercado interno. Esta producción ha dependido, desde un inicio, de pequeños productores, dueños o arrendatarios de parcelas atomizadas, que de manera individual no ocupan grandes contingentes de fuerza de trabajo, ni de forma continua, pero que sumados, han venido generando una demanda considerable.

b) Inicio de desplazamientos temporales y permanentes del campo a la ciudad (Cuautla, Cuernavaca, Distrito Federal). Estos desplazamientos movilizaron hombres solos, mujeres jóvenes solteras y hasta grupos familiares completos.

c) Relacionando los hechos anteriores, se dio un incremento de la demanda de mano de obra en los Altos de Morelos, que primeramente fue cubierta con trabajadores de la misma región (tanto de Morelos como del estado de México), pero al no poder solventar esa demanda, los productores tuvieron que desplazarse a la contratación de mano de obra indígena, que ya llegaba a la ciudad de Cuautla para la zafra.

d) Posteriormente, los pequeños productores comenzaron a canalizar esa mano de obra a sus propias comunidades, llegando a formar las condiciones adecuadas para que año con año, durante el temporal, los jornaleros agrícolas migrantes llegaran directamente a esta región y cubrieran las tareas correspondientes a la producción de hortalizas (jitomate, tomate, pepino, calabaza).

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Foto: Quetzalli Estrada Lima, “Empaque de jitomate”, Tlalámac, México, 2006

Actualmente, los productores de la región poseen entre media y cinco hectáreas, muchas veces repartidas en pequeñas parcelas, y son apoyados por sus grupos domésticos. Asimismo, la mayoría de ellos está inserto en una dinámica de subsistencia que se apoya en la multiactividad y en la diversidad agrícola, que le ha permitido, bajo esquemas, técnicas y practicas productivas de organización familiar, transgeneracional, consolidar estrategias de reproducción del grupo doméstico y comunitarias, que van redefiniendo sus identidades y su existencia cultural campesina, en un contexto económico y político desigual (Guzmán, 2005). Por lo tanto, para la mayoría de estos productores la horticultura no es su única fuente de ingresos, pues echan mano de otras actividades tales como la siembra de flores, el comercio local de frutas y alimentos (dentro y fuera de la región), o insertándose en subempleos del sector terciario.

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Foto: Quetzalli Estrada “Familia jornalera”, Totolapan, Morelos, 2005

A diferencia de otras zonas hortícolas del país, en esta región, las tareas del cultivo de hortalizas, se hacen de forma manual, desde la siembra hasta el empaque, por lo tanto, el periodo de demanda de fuerza de trabajo va de junio a noviembre (etapa intensa, septiembre y octubre). Además, el trato patrón-jornalero, se da de manera directa, sin figuras de intermediarios.

Otra característica de este mercado de trabajo, es que de acuerdo con Sánchez (2004:5) “la masiva afluencia de trabajadores en la temporada alta, tiende a mantener una sobreoferta, la cual puede agudizarse o neutralizarse por el errático comportamiento de los precios de mercado [alentando o inhibiendo la realización de las cosechas]”.

Bajo este contexto podemos distinguir cuatro centros de contratación de jornaleros migrantes, tres del lado de Morelos, y uno del de estado de México, surgidos en diferentes momentos y con algunas características particulares:

1) Atlatlahucan, municipio homónimo

2) Totolapan, municipio homónimo

3) Achichipico, municipio de Yecapixtla

4) Colonia Guadalupe Hidalgo, municipio de Atlautla

La población jornalera migrante puede ser de varones solos (Atlatlahucan), familiar, grupo parental, grupo mixto y paisanos, por lo tanto se pueden encontrar hombres, mujeres, adultos, jóvenes y niños, trabajando las parcelas de esta región. Las condiciones laborales han venido definiéndose históricamente por la experiencia, de trato directo con el “patrón”, y el precio de la jornada laboral es variable y corresponde con el precio del cultivo en el mercado, oscilando en promedio entre los 80 y 100 pesos por jornada laboral (un día). Por lo tanto, el empleo durante la temporada no es estable, ni de todos los días, lo que provoca entradas y salidas constantes de los jornaleros migrantes. Generalmente no hay pago diferenciado entre hombres y mujeres, pero sí en cuanto a las labores que se realizan. El trabajo infantil, no está “bien visto” en la región, por lo que no se hace trato con los niños, ellos pueden ayudar o no en las labores por las cuales fue contratado el padre o la madre.

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Foto: Quetzalli Estrada Lima. “Dos generaciones de jornaleros”, Colonia Guadalupe Hidalgo, México, 2006

Las comunidades de origen de esta población son principalmente, indígenas nahuas, mixtecas y tlapanecas de la Montaña de Guerrero (Atlamajalcingo del monte, Acatepec, San Luis Acatlán, Tlapa de Comonfort, Tlacoachistlahuaca y Metlatónoc), y la Mixteca oaxaqueña (San Pedro y San Pablo Teposcolula, Juxtlahuaca, Putla Villa de Guerrero, San Pablo Tijaltepec y Chalcatongo de Hidalgo). Y se han identificado dos principales modalidades migratorias importantes:

  1. a) la pendular: migrantes que se mueven desde su lugar regular de residencia a algún otro (en Morelos o estado de México), y de regreso.
  2. b) la circular: aquellos que viajan siguiendo las cosechas de jitomate, en diferentes regiones agrícolas del país, resaltando destinos como los campos agrícolas de Sinaloa, Michoacán y Baja California.

La naturaleza de las empresas agrícolas, marcadas por su limitada escala y nivel económico, por un lado, y las condiciones precarias laborales, con bajas remuneraciones y alto rendimiento de los trabajadores, por otro, han sido clave para la consolidación de un mercado laboral que ha favorecido la migración indígena jornalera. Es así como el nicho migratorio Mor- Méx se articula a un circuito migratorio complejo, que se suma a una geografía de flujos al interior de nuestro país, marcado por la agricultura comercial  (interna e internacional), donde la articulación del empleo estacional forma parte de las estrategias de sobrevivencia de hogares que se han especializado como jornaleros agrícolas.

 

 

 

Referencias bibliográficas:

Estrada, Quetzalli (2008), “Migración y empleo en el sureste del estado de México”  en Dilemas de la migración en la sociedad posindustrial, Pablo Castro Domingo (coord.), Miguel Angel Porrúa/UAEM México/UAM, México, pp. 113-136

Estrada, Quetzalli (2009), “La expansión del mercado de trabajo morelense hacia tierras del sureste mexiquense y sus centros de contratación”, en Buscando la vida. Productores y jornaleros migrantes en Morelos, Kim Sánchez y Adriana Saldaña (Coords.), Plaza y Valdés Editores, pp. 61-86

Guzmán, Elsa (2005), Resistencia, permanencia y cambio. Estrategias campesinas de vida en el poniente de Morelos, Plaza y Valdés Editores-UAEM Morelos

Sánchez, Martha J. y Bruno Lutz Bachère (2010) “Introducción” en Balance y perspectivas del campo mexicano: a más de una década del TLCAN y del movimiento zapatista, Instituto de Investigaciones Sociales (UNAM)-Asociación Mexicana de Estudios Rurales, pp. 15-26

Sánchez, Kim (2004), “Los jornaleros agrícolas migrantes en los Altos de Morelos”, Avances de investigación, México, Facultad de Humanidades-UAEM-Morelos

[1] Estudió la licenciatura en Antropología Social en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Como estudiante participó en el Proyecto de creación de Bases de Datos en la Unidad de Estudios Etnográficos y Antropológicos de la Facultad de Humanidades de la UAEM.

Ha colaborado en la realización de DVD-Documentales sobre danzas, en los estados de Guerrero (2006) y Tabasco (2010-2011), con grabaciones de campo, levantamiento de imágenes de video y fotos fijas, así como en la investigación para el sustento de los mismos. Ha sido miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Rurales A. C. (AMER) y la Asociación Mexicana de Estudios del Trabajo A. C. (AMET). Fue Becaria del CONACYT a través del proyecto red “La constitución de territorios migratorios como espacios de articulación de migraciones nacionales e internacionales. Cuatro estudios de caso” bajo la dirección general de la Dra. Sara M. Lara Flores del IIS-UNAM. Ha publicado artículos relacionados con los temas sobre mercados de trabajo rural, centros de contratación y migración laboral (2008, 2009a, 2009b, 2010).

Ha sido ponente en diversos foros de Congresos sobre temas del campo mexicano, patrimonio cultural inmaterial y educación media superior. Ha cursado diplomados sobre Patrimonio Cultural Inmaterial (CRIM-UNAM, 2013), Competencias docentes en el nivel medio superior (UAEMéx., 2013-2014), Derechos humanos (UACM, 2015). Y desde el 2011, es docente de nivel medio superior en el estado de México.Imagen 7

 

Algunas referencias acerca de la migración entre Colombia y Venezuela

Por: Gabriela Pinillos.

gabrielapinillos@gmail.com

En esta entrada pretendo mostrar un panorama muy general y breve de los movimientos migratorios entre Colombia y Venezuela a partir de lo que se considera la segunda ola de migración de colombianos hacia su vecino país, y destacando algunos cambios que se han suscitado en los últimos años con los cuales se habla de procesos de retorno de colombianos y sus familias desde Venezuela y en general un periodo importante de inmigración en Colombia. Es importante aclarar que los datos son generales y que al intentar cubrir un amplio periodo de tiempo en la descripción del fenómeno, se llega a omitir datos y hechos históricos importantes, en este sentido, el objetivo que se persigue es, como ya se dijo y a partir de la experiencia propia y algunos documentos de prensa y académicos, presentar un sencillo y corto relato sobre el fenómeno de la migración desde Venezuela hacia Colombia como consecuencia de la crisis socioeconómica y política y, en general, del contexto actual que se vive en Venezuela y que demanda la atención de los estudiosos en migración y de los movimientos sur-sur.

Colombia ha sido reconocido históricamente como un país de emigración. Las cifras oficiales de migración en Colombia señalan que el porcentaje de personas que sale del país ha sido mayor que el de los extranjeros que ingresan al mismo. En los registros se destacan tres olas de emigración. La primera durante la década de los años sesenta (mayoritariamente hacia Estados Unidos), la segunda en la década de los años ochenta (dirigido a Venezuela) y la tercera durante los años noventa (en rutas hacia España). (Oficina de Migración Colombia)

La segunda ola, teniendo como destino Venezuela, sucedió principalmente en un periodo de gran crecimiento económico y una etapa de prosperidad petrolera que vivió este país y que despuntó a principios de los años ochenta. “La nacionalización del petróleo y el hierro, unida al incremento del precio del primero a partir de 1973, significó para el estado venezolano una masa importante de recursos, que en el marco de una estabilidad democrática desde 1958 y un crecimiento económico sostenido, y de los impactos de una crisis en los países industrializados sobre los países latinoamericanos no exportadores de petróleo, constituyó una coyuntura especial para la atracción de inmigrantes, particularmente colombianos”. (Mejía, 2012: 190)

En aquella época en la frontera colombo-venezolana el comercio se incrementó significativamente, beneficiados por la proximidad geográfica, muchos empresarios invirtieron en empresas y mantuvieron su capital en moneda venezolana, esto es, en bolívares. Los colombianos fronterizos hacían sus negocios en Venezuela, mientras que los venezolanos se trasladaban a la frontera del lado colombiano para hacer compras, las cuales resultaban ser muy rentables gracias al valor superior que tenía el bolívar frente al peso colombiano. A la par de estas condiciones, una cantidad de colombianos decidieron emigrar a Venezuela, motivados por la oportunidad que parecía ofrecer Venezuela frente a los problemas sociales que se vivían en Colombia en gran parte a causa del conflicto interno y la violencia que azotaba al país en ese momento. La interdependencia entre los dos países se hizo más profunda entonces. Las relaciones transnacionales y los vínculos familiares se fortalecieron con estos movimientos migratorios.

El 18 de febrero de 1983, denominado “Viernes Negro”, cambió el panorama y los movimientos migratorios de colombianos hacia Venezuela. “La caída de los precios del petróleo y la disminución de sus exportaciones agravaron circunstancias que se habían empezado a incubar en 1979 y se generó una condición de crisis que redujo drásticamente el flujo de colombianos hacia Venezuela y aceleró el retorno (Flores, 2006 citado en Mejía, 2012: 191). La debacle en el precio del bolívar frente al dólar a partir de entonces ha llevado una constante devaluación de dicha moneda hasta la fecha. Aquel amanecer del Viernes Negro en el que un gran número de colombianos llegaron a la quiebra representó un parteaguas en el intercambio y las relaciones binacionales entre Colombia y Venezuela.

En los años posteriores de la llegada a la presidencia Hugo Chávez en 1999 y con la devaluación paulatina de la moneda venezolana que venía ocurriendo desde los años 80, la dinámica de intercambio en las zonas fronterizas fue cambiando de dirección respecto a lo que había sido en los años previos de crecimiento económico venezolano. Con todos los cambios ocurridos durante más de una década, los colombianos fronterizos se adaptaron a nuevas formas de comercio y encontraron en las nuevas condiciones promovidas por el gobierno bolivariano de Chávez nuevas y diversas formas de subsistencia y de comercio, una de ellas y quizá la más documentada principalmente por los medios ha sido o fue el comercio informal de combustible traído desde Venezuela y vendido en Colombia, que representó durante muchos años grandes ganancias propiciadas por el precio del mismo en Venezuela (el más bajo en América Latina) y la diferencia en el tipo de cambio: el combustible en Venezuela es 20 veces más barato que en Colombia (uno de los más altos en América Latina) (Márquez, 2008).

Los beneficios que ofrecía el gobierno de Chávez a través de sus programas sociales en salud, educación, alimentación, beneficiaron a colombianos que tenían doble ciudadanía por los vínculos familiares fuertes entre los dos países, y también por el otorgamiento de cédulas venezolanas que promovió Chávez hacia el año 2003 cuando un alto número personas de nacionalidad colombiana obtuvieron ciudadanía venezolana. Los programas sociales, principalmente los denominados “Mercales”[1], fueron aprovechados por una parte de la población de los estratos medios y bajos en Colombia que adquirían productos de la canasta familiar en bolívares y los traían para su consumo o para ser vendidos en Colombia en moneda nacional. Así muchas familias utilizaron estos negocios como formas de subsistencia.

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Foto: Puente Internacional Simón Bolívar, Cúcuta, Colombia. 2008.

Con la muerte de Chávez, la crisis en Venezuela, que ya venía sucediendo, se agudizó de manera significativa. En la frontera la situación económica se presenta como crítica y el comercio se ha reducido drásticamente. El movimiento de personas es mínimo. Los colombianos que en el pasado emigraron a Venezuela están retornando con sus familias, así como ciudadanos venezolanos sin familia en Colombia.. Esta situación ha llevado a que Colombia se enfrente a procesos de inmigración y retorno, ante los cuales, según las autoridades de dicho país, no se tiene la capacidad necesaria para poder atender las necesidades de tanta población que ha llegado desde Venezuela. De acuerdo con diario El Tiempo “la oficina de Migración Colombia tiene reportados 40.000 venezolanos viviendo legalmente y calcula que estén 60.000 irregularmente,  pero investigadores y académicos estiman que son 900.000 los venezolanos -incluyendo los que tienen doble nacionalidad- (el 1,8 por ciento de la población colombiana), los que han llegado al país en los últimos 20 años, por el efecto de la llamada ‘revolución bolivariana’ y la crisis social en ese país.” (El Tiempo, 30 de marzo 2017).

En la frontera las condiciones para quienes han vivido del vaivén del bolívar y, en general, para toda la población de un lado y de otro, son complejas. Los colombianos ya no compran en Venezuela, no hay abastecimiento y la inflación es insostenible. Por el puente internacional Simón Bolívar transitan ahora muchas personas provenientes del territorio venezolano con la intención de quedarse en Colombia, con el deseo de buscar trabajo llegan a una de las ciudades colombianas con los más altos índices de desempleo. Las oportunidades en la frontera se agotan, en Cúcuta, capital de Norte de Santander, departamento fronterizo del lado colombiano, así como en los pueblos cercanos uno de los recursos de los que se echa mano es el trabajo sexual. Quienes cuentan con mayores recursos y redes sólidas logran moverse hacia otras ciudades, mientras que el gobierno colombiano intenta prepararse y buscar estrategias para responder a una situación que sin duda quedará registrada en términos migratorios como una gran ola de inmigración en Colombia, y en general, como un periodo complejo de cambios y transformaciones sociales profundas para ambos países.

Referencias:

Cancillería de Colombia, Oficina de migración. http://www.cancilleria.gov.co/colombia/migracion/historia

Márquez, Humberto, 2008, VENEZUELA: El costo de la gasolina más barata del mundo, Inter Press Service, http://www.ipsnoticias.net/2008/12/venezuela-el-costo-de-la-gasolina-mas-barata-del-mundo/

Mejía, William, 2012, Colombia y las migraciones internacionales. Evolución reciente y panorama actual a partir de las cifras, Revista Interdisciplinar de Mobilidade Humana, Brasília, Ano XX, Nº 39, p. 185-210.

Redacción El Tiempo, 2017, [Nota periodística], Venezolanos, la migración más grande en la historia del país, http://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/venezolanos-la-migracion-mas-grande-en-la-historia-del-pais-72872

[1] La Misión Mercal S.A. (Mercado de Alimentos) es uno de los programas sociales incentivados por el gobierno venezolano. Creada oficialmente el 24 de abril de 2003, la Misión Mercal está destinada al sector alimentario, dependiente del Ministerio de la Alimentación.

El programa consiste en construir y dotar almacenes y supermercados con alimentos y otros productos de primera necesidad a bajos precios para que sean accesibles a la población más necesitada. Los alimentos están subvencionados y llegan a los estantes sin intermediarios, de manera que los precios ofrecidos suelen tener un descuento de entre el 30 y el 45 por ciento de los observados en las otras cadenas de distribución (Wikipedia)

Entre el quehacer y el hacer: breves y discutibles reflexiones sobre nuestro papel frente al periodo Trump y sus antecesores

Por: Lucía Ortiz Domínguez

 luciaortizdom@gmail.com

9 de febrero de 2017

Hay momentos históricos en los que el contexto habla por sí mismo y me parece que actualmente nos está gritando. Discursos y actos xenófobos hacia los migrantes que han contribuido a enriquecer al país que ahora los quiere expulsar; amenazas de continuar con las deportaciones que acrecientan el clima de miedo y hostilidad en la comunidad migrante; constantes intimidaciones públicas para construir otro muro (con dinero de los mexicanos), terminar el que está o edificar un muro sobre el muro; la posibilidad de concluir con el Tratado de Libre Comercio (TLC), el riesgo latente al desarraigado de los migrantes que han vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos, una política gubernamental mexicana que no ha respondido a los retornados y medianamente a los migrantes, son ejemplos de que nuestro presente histórico nos reclama, creo yo, a actuar.

Tanto las amenazas como los hechos impactan de distinta forma sobre nuestras subjetividades y vida cotidiana. Me incluyo porque lo que nos está sucediendo desde hace algunos años en materia migratoria y económica no es una cuestión exclusiva de los migrantes, si es que existe eso, sino es una realidad que nos incumbe y nos compromete a pensar para actuar.

Considerar que la migración es de competencia de quienes la viven es limitar el campo de acción colectiva, sería reducir o eliminar las responsabilidades que tenemos como estudiosos de la migración, como ciudadanos, como personas y como seres humanos. Con ello quiero decir que las visiones, perspectivas e ideas que se puedan generar sobre una hecho concreto, en este caso la migración, son fundamentales para poder proponer pequeños cambios. Un migrante sabe y conoce en carne propia lo que significa serlo, una persona deportada también. Los que no hemos vivido estos procesos, efectivamente carecemos de la experiencia vivida, pero contamos con otras herramientas que nos hacen capaces de generar y contribuir a que los migrantes y los retornados sean respetados y reconocidos por sus experiencias y sobre todo tratados con dignidad y respeto.

Quiero expresar que he percibido la existencia de una crítica recurrente de la sociedad civil, de quienes trabajan en instituciones gubernamentales e incluso de los estudiantes de posgrado hacia el quehacer y el impacto de la investigación académica en ciencias sociales en los problemas sociales. La crítica versa sobre la tendencia a realizar investigación académica que se queda en las bibliotecas o en congresos y que pocas veces logra conectar con la vida cotidiana y con sus irrupciones.

Pareciera que se hablan dos lenguajes distintos, los grupos u organizaciones de la sociedad civil consideran que las investigaciones académicas están dirigidas exclusivamente a responder a las necesidades del mundo académico mientras que los académicos consideran que al involucrarse con la sociedad civil se pierde la objetividad y el rigor científico.

Como estudiante de posgrado, que he colaborado con algunas organizaciones de migrantes, quisiera invitar a la reflexión sobre cómo podríamos construir códigos comunes entre dos mundos, sin perder el rigor y ética en nuestras investigaciones y para generar campos de reciprocidad entre nosotros.

Cuando hacemos investigación y buscamos exclusivamente reconocimiento académico a través del “rigor científico” corremos el riesgo de olvidar un elemento necesario de cualquier investigación, el para qué: ¿para qué queremos contribuir al conocimiento de la población migrante?, ¿para qué hacer una investigación sobre migración?, ¿a quién responde nuestra investigación?, y nos enfocamos en el cómo metodológico para demostrar que nuestra investigación está sustentada. Priorizar una cuestión sobre otra depende del tiempo que tenemos para realizar nuestras pesquisas y de una decisión personal, pero creo que se pueden hacer las dos cosas aunque podría implicar más trabajo. Por ejemplo, las organizaciones de la sociedad civil por lo regular necesitan datos sencillos que pueden ser construidos colectivamente y que no estén impregnados de tanta teoría, en ello podemos aportar nosotros como académicos para que nuestra investigación y nuestro quehacer puedan tener un impacto real, sencillo e inmediato sin el vanidoso deseo de cambiar al mundo. O bien, podemos estar en momentos coyunturales que les ayude a demostrar que somos más de uno los que estamos interesados en cambiar las cosas, siendo conscientes de que apoyamos como ciudadanos informados sin la necesidad de involucrar nuestras tarjetas institucionales. Con ello quiero decir que tenemos la oportunidad de apoyarlos desde nuestra identidad académica y desde nuestro derecho individual de ejercer una ciudadanía política informada. Los límites y la forma de participar o contribuir dependen de la ideología académica de cada quien, lo importante es que desde la posición que queramos adoptar intentemos contribuir con los conocimientos que generamos con pequeños actos que permitan enfrentar las problemáticas sociales.

También debemos tomar conciencia de que las investigaciones individuales en Ciencias Sociales en sentido literal son imposibles. Nosotros siempre necesitamos de la colaboración y cooperación de muchos actores para conducir nuestros propósitos investigativos, nos respaldamos en nuestros colegas, en personas expertas, en migrantes, en no migrantes, en retornados, para darle cuerpo a nuestra investigación. Hay que reconocer que nuestra investigación es un trabajo colectivo. En este sentido, al intercambiar experiencias generamos redes que nos permite conectar diversos actores. Esto se traduce en que a lo largo de nuestro proceso vamos generando capital social que podemos compartir de manera muy sencilla: presentando personas, poniendo en contacto organizaciones que consideramos que pueden trabajar juntos, organizando Foros, etcétera. Que se cristalicen o no las relaciones no depende de nosotros, es un trabajo que ya depende de ellos y de los encuentros y desencuentros que puedan tener. Nosotros simplemente podemos fungir como intermediarios entre personas y colectivos cuyos encuentros puedan traducirse en felices coincidencias.

En fin, lo escrito hasta aquí es solo una reflexión personal y creo que es momento de atrevernos a proponer formas para colaborar, aportar y generar empatía y solidaridad entre los que estamos interesados y dispuestos a que las cosas funcionen de una mejor forma para todos, sobre todo frente a este contexto que nos grita cada día más. Los invito a compartir ideas sobre las formas en que podemos colaborar más con nuestro entorno sin dejar a un lado nuestra responsabilidad de generar investigaciones de calidad.

bansky

Imagen: Banksy, (S/F), recuperado en: http://www.banksy.co.uk/out.asp, 9 de febrero de 2017.

Diario de campo: Nador, marzo 2016

Por ANA BELÉN ESTRADA GORRÍN

El siguiente texto es parte de la notas del diario de campo de un viaje que realicé recorriendo el trayecto Motril/Melilla/Nador entre el 24 y 29 de abril de 2016 para realizar un diagnóstico de la situación de los migrantes de África Occidental en Melilla y Marruecos. En este documento he omitido nombres de personas o lugares concretos y fotografías para proteger la intimidad de estas personas. Al final del documento adjunto una bibliografía de referencia que palia el hecho de que mis datos sean sesgados.

Sábado 26 de Marzo: Nador

Mi propósito para Nador es encontrarme con migrantes en tránsito hacia Europa provenientes de los países de la región de África Occidental que utilizan la ruta que llega a Marruecos a través de la frontera de Argelia limítrofe con la ciudad marroquí de Oujda

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Ilustración 5 https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/1/1a/Africa_map_regions-es.svg/300px-Africa_map_regions-es.svg.png
Imagen 3Ilustración 6 http://ichef1.bbci.co.uk/news/ws/624/amz/worldservice/live/assets/images/2015/05/29/150529135948_4_africa_to_med_sp.gif

Marruecos supone para estos migrantes un punto de estancamiento. Para llegar a las ciudades de Ceuta y Melilla los migrantes provenientes de áfrica occidental intentan cruzar a través de los saltos de valla, escondidos en coches o a través del mar. También cruzan en embarcaciones desde el valle del Rif, zona norte de Marruecos, hacia las costas del sur de España. Existen por tanto mafias que ayudan a realizar estos viajes clandestinos; los precios para cruzar en barco a las costas de España están sobre los 2000 euros; cruzar escondido en un coche sobre los 5000 euros (según testimonios de los migrantes). Los saltos de valla, y la entrada por mar a Melilla o Ceuta, son la única opción para las personas que no pueden pagar estos precios; hay que tener en cuenta que llegar hasta Marruecos supone un enorme presupuesto, sobornando a los controles fronterizos entre países.

Las fronteras de Marruecos están fuertemente militarizadas, mediante las alambradas y una gran vigilancia policial. Existen graves violaciones de los derechos humanos en el trato que se les da a los migrantes. En primer lugar el “rechazo en frontera” es una práctica amparada por la Ley de Seguridad Ciudadana creada por el gobierno español, y con el apoyo de Europa. Rechazo en frontera es un eufemismo para nombrar la devolución en caliente, es decir, si un migrante llega a saltar la valla y es interceptado por la Guardia Civil, existen unas puertas en la valla mediante la cuales estas personas son devueltas a las autoridades marroquíes. Se viola así los principios de ‘no devolución’ (devolver a ciudadanos a un país donde sus vidas corren peligro) y el derecho de asilo de toda persona (que los migrantes puedan pedir protección internacional antes de ser devueltos a Marruecos).

Por otro lado la policía marroquí, financiada por Frontex, agrede gravemente a los migrantes que intentan cruzar a Ceuta o Melilla, o que simplemente esperan en campamentos en zonas boscosas cercanas a la frontera en suelo marroquí. Estas agresiones llegan a causar la muerte a los migrantes, o les dejan graves heridas tales como piernas o costillas partidas. Como dije no se producen solo en los intentos de cruce, sino que además la policía marroquí quema los campamentos de migrantes en un bosque cercano a la frontera donde tienen sus asentamientos y los agrede.

El estado de las personas en tránsito provenientes de África Occidental en Marruecos es el de migrantes irregulares, los que les hace tener que esconderse de la policía y vivir en campamentos alejados de las ciudades. Durante 2014, tras la presión ejercida por algunas ONG´s, el gobierno de Marruecos abre un periodo de regularización “excepcional” de migrantes en situación administrativa irregular; eso sí, con unas exigencias difícilmente cumplibles por la población subsahariana. A este proceso de regularización se le puso fin repentinamente  en febrero de 2015, lo que fue seguido por el desalojo y una fuerte represión en los campamentos, expulsando a ciudades del sur de Marruecos a unos 1200 personas.

Teniendo esta información como contexto elijo viajar a Nador en Marruecos, frontera con Melilla, para poder contactar con estas comunidades migrantes. Conozco que los campamentos siguen existiendo en torno al Monte Gurugú, y que debido a la represión policial se han desplazado a otras caras del monte más alejadas de la frontera. He intentado contactar con asociaciones y ONG´s que trabajan en el terreno, son: la Diócesis de Tánger, con delegación en Nador, que presta ayuda humanitaria; y la Asociación Marroquí por los Derechos Humanos, sección Nador, que presta apoyo militante, es decir a través de abogados y por la defensa de los derechos humanos. La presencia de asociaciones es escasa en Nador, teniendo en cuenta que allí viven unos 2000 migrantes en unos 12 asentamientos; según me informan estas asociaciones. No tengo cita con estas personas hasta el lunes próximo, tampoco conozco la localización a los campamentos ni como llegar allí sin vehículo; así que decido simplemente caminar por la ciudad

Mi esperanza era encontrar alguna comunidad de personas de países de África Occidental que hubiesen conseguido regularizarse y viviesen  Nador. Pensé que era una buena idea indagar la posibilidad de que existiese un restaurante senegalés, o camerunés, por ejemplo. Camino por la ciudad, mis expectativas se van desvaneciendo ya que a simple vista la población de Nador parece muy homogénea. Tras unas horas caminando me encuentro, cerca de la estación de autobús, a un chico de piel negra vendiendo en la calle; le pregunto por lo del restaurante, la comunidad, en mi francés mal hablado, siento sin embargo que lo estoy violentando, le resulta extraña la pregunta. Me dice que no conoce nada parecido en Nador. Yo tampoco estoy segura de que mi modo de acercare sea adecuado. Sigo caminando. Tras dar algunas vueltas me siento en una plaza, pasa otro chico de piel negra, le pregunto por lo del restaurante, me dice que no sabe y que él es Marroquí. Empiezo a reflexionar seriamente sobre la preguntita, sobre mis propios prejuicios, sobre la simpleza de mis categorías de racialización, sobre la complejidad de la identidad que yo no he tenido en cuenta haciendo juicios solo a través del color de la piel. Sin embargo no se me ocurre nada mejor, aunque ya casi había pensado tirar la toalla. Pasa otra persona de piel negra, es un chico más o menos joven, le pregunto por el restaurante, la comunidad… me mira extrañado, se ve nervioso, mira además a todos lados. Dice que si hay africanos, pero que viven fuera, en un bosque. Que él ha venido a pedir dinero a algún turista, que necesita dinero para las medicinas de su hijo. Le digo que yo tengo medicinas (las había traído porque me las pidió una asociación) que se las puedo dar. Me dice que mejor nos vayamos de ahí “hay mucho policía y yo soy indocumentado, sígueme”, nos adentramos en un zoco de comida, por sus pasillos, él camina a dos metros delante de mí. Nos sentamos en un lugar donde sirven té.

El me ve como turista, yo soy para él una mujer blanca occidental que dedica su tiempo a gastar dinero en viajes. En este orden, primero soy mujer; es decir, alguien mezcla de persona y objeto; luego blanca occidental, es decir, me sobra el dinero. Me pregunta si estoy casada, creo conveniente decir que sí, aunque esto tenga un efecto moderado en su actitud hacia mí; luego insiste mucho en el dinero que necesita para las medicinas, lo cual es un llamamiento a mi supuesta sensibilidad hacia los derechos humanos y el sufrimiento de las personas, y mi posición económica. Para mí él es un hombre negro, inmigrante, pobre y mezcla de sujeto y objeto de una investigación. Ambos tenemos interés en conocernos. Es importante que esto quede claro en este texto, ya que antes de conocernos como dos tábulas rasas, están estas expectativas que han propiciado y modulado el encuentro entre nosotros. A través de la convivencia estás categorías se van matizando y enriqueciendo. También por el fuerte autocuestionamiento que este encuentro va provocando sobre mí, sobre cuál es mi posición.

Pedimos un té. Z me habla de sí. Es camerunés, vive en Marruecos desde hace dos años. Ahora en un bosque a quince horas caminando desde Nador. En el bosque viven también mujeres y niños. Tiene 26 años, el vino con su mujer y dos hijos, 7 años el más adulto, tiene además otro hijo que nació en el bosque. Estudió ingeniería civil en la Universidad de Duala, no pudo terminarla y además no encontró trabajo. Migró con su  familia, viajando en autobús, sobornando a los policías con dinero en las fronteras. Entra de Argelia a Marruecos por Oujda, se instala en el Gurugú. Intenta saltar la valla, me enseña una ceja partida, y me dice que tuvo que cortarse las rastas porque los policías siempre lo agarraban del pelo. Me habla de Europa, de los derechos humanos, pero en Marruecos dice, todo está muy mal. Me dice que en el Gurugú ya no se puede vivir desde hace un tiempo, que la presión policial es muy fuerte y que han tenido que mudarse a otro lado, más alejado de la frontera. Insiste en su temor hacia la policía de Marruecos, repite que ha caminado 15 horas por una carretera escondiéndose de los policías. Dice que si la policía lo ve lo apresa y lo envía a ciudades del sur de Marruecos, lejos de la frontera. Pese al peligro él viene a Nador, algunos turistas europeos que encuentra allí le ayudan. Las personas de Nador son racistas, me explica, no tiene más que algún par de conocidos con los que no intimida más allá del saludar. Él habla árabe, lo compruebo cuando saludad a alguna gente en la tetería del mercado. Me dice que no puede trabajar, no tiene modo de ganar dinero en Nador. Le digo que me espere y vuelvo del hostal con las medicinas y una tienda de campaña y un saco de dormir que había traído conmigo. Se lo doy, lo acepta. Me invita a ir con él al bosque para presentarme a otros amigos, acepto. Habla de la posibilidad de ir en bus y taxi.

Salimos del mercado y por las calles secundarias llegamos a una plaza donde hay personas vendiendo en el suelo, esperamos escondidos detrás de una palmera a un autobús urbano que nos lleva a X. Tardamos una media hora en autobús en llegar allí. En X me dice que tenemos que tomar un taxi colectivo para ir más cerca del bosque. Los taxistas lo conocen y saludan, hablan en inglés. Subimos al taxi, con otros cuatro viajeros más el conductor. Hacemos un recorrido largo por una carretera a los pies de una montaña muy verde.

En un momento del trayecto en el arcén de la carretera comienzan a verse más personas de piel negra. Dice algo al taxista, este detiene el vehículo, bajamos del coche. Tres chicos mas vienen a recibirnos, son sus amigos, también de Camerún. Me presentan. Caminamos por el arcén. Saludamos a una mujer, sentada allí, con un niño de apenas un año. Seguimos caminando, Z me dice que ahora vamos al “petit forest”, que el “grand forest” está más adentro de la montaña y que habría que caminar aún unas cuantas horas. Nos sentamos en el bosque a los pies de la montaña, se nos une más gente. Son amables conmigo, me preguntan si estoy casada y que si soy turista y hablamos de España. Viene R, un amigo de Z que habla español. Me dicen de ir a una cafetería a ver un partido de fútbol. Me parece una buena idea. Volvemos a la carretera, caminamos un poco y llegamos a una edificación aislada, con una piscina y un restaurante y detrás, no se ve desde la carretera, una especie de almacén al que entramos. Allí hay unas 40 personas más, me explican, el grupo con el que estoy, que los demás son de Senegal, Mali, Nigeria… y también viven en el bosque. Me invitan a un refresco, lo trae un camarero marroquí desde el restaurante. Me dicen que allí pasan mucho tiempo al día. No hablamos mucho, todos tienen mucho interés en el partido y yo me limito a observar, también me siento fuertemente desubicada. Hacemos varios brindis por España. Acaba el partido y me despido. Me acompañan a la carretera, me dicen que vuelva mañana, paran a un taxi y subo. Luego el bus. Durante el trayecto me cuestiono con intensidad que clase de “turista” soy.

Domingo 27 de Marzo: Nador.

Por la mañana despierto después de haber tenido una pesadilla. Quiero tomar el barco en el puerto pero cuando compruebo el horario el barco ya había salido. Desayuno. Decido que es buena idea volver a la cafetería. Me dispongo a ir allí en torno a las 15,00 de la tarde. Al tomar el taxi le pregunto al taxista que si me recuerda de ayer, porque yo no sabía cómo se llamaba el lugar, me dice que sí, me pregunta que si voy al “bosque de los negros”. Me deja en la carretera, de nuevo había muchas personas por el arcén. Bajo del taxi y llega Z a recibirme. Vamos con su grupo de amigos que estaban a un lado de la carretera y me dicen de ir a la cafetería, “aquí no podemos estar, es peligroso que la policía nos vea contigo”. Los sigo a la cafetería, es decir, al almacén detrás del restaurante, donde hay unas mesas y sillas de plástico. Hoy no hay partido aún, allí están más o menos el mismo número de personas que el día anterior, hoy mirando una película en el televisor, sin hablar entre ellos. Me siento en una mesa con las personas que conocí ayer, al parecer estoy con “los de Camerún”.

Tomamos un refresco. Hoy pude hablar mucho más con ellos. Z me hablo de sus hijos, del que seguía en el hospital, tenía la barriga hinchada y no podía comer, su mujer y otros hijos estaban allí. Le doy un número de teléfono e indicaciones de una asociación que le puede ayudar. Sin guarda sin mucho interés. Un chico de Senegal, de la mesa de al lado, me pregunta que de donde soy; de España, le digo. Comienza a hacerme muchas preguntas, su novia está en Barcelona. Él quiere saber donde puede trabajar en España en la agricultura, porque es agricultor. Otra persona de la mesa me habla de que han intentado saltar la valla a Melilla, me enseña una costilla rota y me dice que ya no le duele, pero que si le duele el hombro, también las piernas. Recuerdo que me había llamado la atención al verlo caminar. La policía marroquí había impedido que llegase a saltar, pegándole. Z me habla de la vida en el bosque, es muy dura “nadie nos ayuda allí, la policía nos quema los campamentos y tenemos que correr más adentro en el bosque cuando la policía viene”. R, el chico que habla español, me cuenta que va a cruzar a España en barco, lleva ahí cinco meses, antes vivía en Tanger. Está esperando el buen tiempo para cruzar. Hace poco tres amigos suyos que salieron desde el boque murieron en el mar. El tiempo aún no es bueno, el mar tiene muchas olas. “Es muy caro, hay que pagar a la policía de marruecos 2000 euros para que te dejen salir en el barco; algún amigo que se queda en tierra llama a salvamento en España para que nos recoja”. Por Libia es más barato, e cuenta R, 1000 euros. Libia está en guerra y hay más tráfico de personas por haber menos controles en las costas. Pero es mucho más inseguro, llenan los barcos más allá de su capacidad y no llevas chaleco salvavidas. Aún así muchas personas se han ido de Marruecos a Libia. R tiene dos amigos en Italia. Él espera el buen tiempo para cruzar, me repite muchas veces, España, ya sólo en dos meses.

Empiezo a notar su ansiedad. Miro alrededor, ahora la cafetería me recuerda a una sala de espera de algún puerto. Nadie habla, solo en la mesa en la que estoy. Me enseñan fotos, un amigo que está en París que salió del bosque. Otro amigo que está en Bélgica, también salió de allí, también lo consiguió. Brindamos “inshala España”. Alguien llama por teléfono, es la novia de uno de ellos que está en España. Me preguntan cosas de España, también conocen bastante, algunos más que otros. Me preguntan si la gente es racista allí. Hay un pequeño grupo de marroquíes cerca de la entrada que al parecer hablan sobre mí, según me informa R, cuestionan mi presencia allí, hablan en árabe con los cameruneses. R me dice que el camarero marroquí está sorprendido ¿Qué hace un blanco hablando con un negro? Vemos videos de música de Camerún. Han pasado algunas horas. Decido que es momento de volver.

  1. y R. me acompañan a la carretera. Conozco que la gente del bosque va a la carretera los fines de semana; los sábados y los domingos no hay una fuerte vigilancia policial, estás personas van allí y hay marroquíes que los ayudan con alimentos, ropa o dinero. Entre semana tienen que estar más escondidos. Mañana es lunes. Les digo que mañana lunes vuelvo a España por la noche, ahora estamos en contacto por internet. R me dice que en dos meses nos vemos en España. Me despido. Subo a un taxi. Vuelvo al hostal.

Bibliografía de referencia:

Informes recientes sobre la frontera marroquí con CEUTAY MELILLA

-ALECMA, rapport Migration subsaharienne au Maroc. Observation dans les régions du Nord et Sud suite à la mise en place de la nouvelle politique migratoire au Maroc, 2015

-AMDH Nador, rapport annuel sur la situation des migrants à Nador, 2015

-Amnistía Internacional, Miedo y vallas. Los planteamientos de Europa para contener a las personas refugiadas. 2015

-APDHA, Derechos humanos en la frontera sur, 2015

-HRW, «Abus et expulsions: Les mauvais traitements infligés aux migrants d’Afrique subsaharienne au Maroc », 2014

-FIDH & GADEM « Maroc: entre rafles et régularisations, bilan d’une politique migratoire indécise », 2015

-Migreurop/GADEM, Gérer la frontière euro-africaine. Melilla, laboratoire de l’externalisation des frontières de l’UE au Maroc, 2015

-MSF, Violences, Vulnérabilité et Migration : Bloqués aux portes de l’Europe. Un rapport sur les migrants subsahariens en situation irrégulière au Maroc, 2014

Filmografía

-Les messagers, 2014, un film de Laetitia Tura y Helène Crouzillat

-The land between, 2014, un film de David Fedele

-Hope, 2015, un film de Boris Lojkine

-Melilla: Apagón de los Derechos Humanos, 2015, un video de la asociación Prodein

-Hasta que se abran las puertas, 2015, un reportaje de Conectando, Cordoba Internacional TV

Tarajal, desmontando la impunidad en la frontera sur, un documental coproducción Observatorio DESC et Metromuster.

Nuestros morenos en el ‘Norte’

Por Lucía Ortiz Domínguez

A la comunidad Jaguar de la UAEM

Mis primeros acercamientos hacia la temática migratoria se encuentran anclados en mi tesis de licenciatura y de maestría sobre la Costa Chica. En aquellos tiempos, cuando realicé las investigaciones [que no fue hace mucho] fui testiga de dos momentos importantes de la dinámica migratoria internacional en la región. El primero, durante los primeros años de este milenio (2003-2005), presencié cómo niñas, niños, jóvenes y adultos dejaban sus lugares de origen para irse al ‘Norte’ [Estados Unidos] y rencontrarse con su familia, estudiar y/o trabajar. También, en ese entonces, los migrantes todavía podían regresar para la fiesta de Santiago Apóstol [celebrada en julio] la cual es una de las celebridades más significativas de la Costa Chica. Los migrantes estaban físicamente ausentes pero cultural y económicamente presentes.

El otro momento importante se dio años después (2010-2012), la migración cambiaba de rumbo y las personas estaban siendo deportadas y regresaban a su lugar de origen después de años y décadas de haber vivido en Estados Unidos. Había niños nacidos en el ‘Norte’ que eran enviados por sus padres para ser criados por los abuelos, los migrantes que pudieron permanecer en Estado Unidos se hacían presentes en las donaciones que mandaban en forma de remesas para las festividades de los pueblos, y los retornados eran acogidos por sus familias en las comunidades. Los norteños regresaban a su sur, y no siempre por decisión propia.

La Costa Chica me ha enseñado mucho, por ello quiero aprovechar esta participación en el blog de la CIEM para proporcionar algunos datos estadísticos sobre migración que resulten significativos para los pobladores que habitan la región y para quienes estén interesados en el tema.

Pero antes de pasar a los números [soy una antropóloga atípica] es pertinente decir que la Costa Chica es una región habitada por población de distintos orígenes históricos, sociales y culturales, es decir, la viven mixtecos, nahuas, amuzgos, mestizos y población de origen afrodescendiente o afromexicana. La región está comprendida por municipios costeros de Guerrero y Oaxaca, aunque sus delimitaciones van cambiando de acuerdo con la historia y las investigaciones. Una de las características representativas de la Costa Chica son sus habitantes de origen africano, considerados por la academia, algunas organizaciones sociales,  y ahora también por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística e Informática (INEGI) como afromexicanos o afrodescendientes. Aunque ellos se refieren a sí mismos de forma cotidiana como morenos, morenitos, prietos o negritos.  Es así, que aprovechando los datos que ha recopilado el INEGI sobre los morenos o afromexicanos de nuestro país quiero presentar algunas cifras sobre esta población relacionadas con la migración.

De acuerdo con la Encuesta Intercensal 2015 (INEGI, 2015) en nuestro país 1,381,853 personas declararon considerarse negros, afromexicanos o afrodescendientes; y 591,702 habitantes consideraron tener estos atributos en parte. Si sumamos las dos cifras podríamos decir que en México casi dos millones de personas se autoadscriben como afrodescendietes ya sea completamente o solo en algunos aspectos.

Pero no todos los afrodescentienes que habitan el país son necesariamente mexicanos, es decir no todos son afromexicanos. Para saber qué porcentaje de esta población es nacida en México la separé de los extranjeros y obtuve que el 98.1% de los casi dos millones de afrodescendientes nacieron en México y solo 1.8% nacieron en el extranjero.

De los que nacieron en nuestro país, el 18.4% dijeron ser nativos de Veracruz, el 14.7% de Guerrero y el 13.2% de Oaxaca, estados que son considerados por los expertos como las entidades más representativas de albergar población afrodescendiente. Sin embargo, resulta que no todos los afromexicanos viven donde nacieron, la mayor proporción de esta población la podemos encontrar en el Estado de México (19.1%), Veracruz (16.7%), Guerrero  (13.6%), Oaxaca (11.8%) y la ciudad de México (10.5%). Esto nos habla de que tendencialmente ha habido una migración de esta población hacia el Estado de México, ¿será que en las próximas encuestas encontremos un incremento considerable de población afrodescendiente nacida en el Estado de México?

Sobre aquellos que nacieron en el extranjero (1.8% del total de los afrodescendientes) el 38% proviene de algún país del continente Americano con excepción de Estados Unidos, el 2% es de África,  el 2% es de  Europa y el 1% de Asia. Como ejercicio metodológico separé Estados Unidos del resto de países  pues fue el que presentaba una mayor proporción de población, y resultó que el 35.9% de los afrodescendientes nacidos en el extranjero y que ahora viven en México son de dicho país. Lo consideré importante porque pensé que seguramente esta población eran los hijos e hijas de migrantes de Estados Unidos. Para comprobar está suposición investigué la edad de estas personas y resultó que el 71.6% de la población de afrodescendiente nacida en Estados Unidos son menores de 18 años. Es decir, que este es un elemento más para seguir pensando que muy probablemente son aquellos niños retornados con sus padres aunque es algo que necesita ser investigado a mayor profundidad y que la Encuesta permite obtener información sobre ello.

Ahora bien, como sucede para muchos mexicanos, Estados Unidos o el ‘Norte’ también ha sido el principal destino migratorio de la población afromexicana. De acuerdo con la encuesta intercensal 2015 (INEGI) el 4% de los afromexicanos declararon haber vivido hace cinco años en Estados Unidos. El 69% de estos son hombres y el 31% mujeres.  El 22% de los retornados viven ahora en Oaxaca, el 21% en Guerrero y el 14% en Veracruz, lo cual nos dice que muy probablemente quienes más migran son los afrodescendientes de Oaxaca y de Guerrero, es decir aquellos que habitan en la Costa Chica.

Aunque la gran mayoría de estos morenos retornados declaran tener acta de nacimiento, hay un pequeño porcentaje que dice no contar con este documento y otros más dicen estar registrados en otro país.  Estas personas quizá se fueron de niños a Estados Unidos y ahora han tenido que retornar a su país de origen y no cuentan con ningún documento que los identifique. Pero una vez más esta es otra hipótesis que necesita un trabajo cuantitativo y cualitativo más profundo.

Como hemos visto, la movilidad de los morenos se da hacia el ‘Norte’ pero también hacia el interior del país, tal y como sucede con la mayor parte de los mexicanos, además responde a las dinámicas migratorias que se están dando a nivel nacional como el retorno. Las diferencias que este grupo puede tener con respecto a lo observado a nivel nacional las podemos captar a través de un buena investigación etnográfica o bien a partir de un análisis estadístico más detallado.

 Además, considero  que para tener una idea más general de la movilidad de la población que habita una región sería mejor agruparla sin importar su origen sociocultural, esto con el objetivo de entender sus dinámicas generales. Una vez teniendo esto ya podría hacerse una comparación entre grupos para descifrar algunas diferencias culturales o ¿ustedes qué piensan?

Fuente consultada:

INEGI (2015), Encuesta Intercensal 2015, INEGI

Metodologías mixtas para el estudio de la Migración Internacional. Una charla con el Dr. Rodolfo García Zamora

El día 19 de febrero de 2016  en la instalaciones de El Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, la Comunidad Interdisciplinaria de Estudios Migratorios  (CIEM) llevó a cabo una charla virtual con el Dr. Rodolfo García Zamora de la Universidad de Zacatecas y especialista en el tema de migración. En el encuentro el investigador presentó la metodología y los principales hallazgos del proyecto “El retorno de los migrantes mexicanos de Estados Unidos a Michoacán, Oaxaca y Zacatecas 2000-2012, hacia la construcción de un programa de reinserción integral de los migrantes y sus familias” financiado por la Fundación MacArthur.

En la charla participaron miembros de la CIEM así como otros colegas invitados.