Migración y empleo

¿Quién para cuidarnos? La migración laboral que seguirá fluyendo

Por Lorena Mena Iturralde

Mujeres migrates, El Universo

Despedidas en el aeropuerto de Quito /Foto tomada de Diario El Universo

Durante los primeros años del nuevo milenio, una imagen común en los aeropuertos de Ecuador y de otros países de la región andina era la de mujeres despidiendo entre llantos a sus familias, dejando a sus hijos a cargo de hermanas, abuelas o cónyuges, y tomando un avión hacia España o Italia, con boleto de retorno incierto. No es una novedad contar lo que esos países tenían preparado a aquellas mujeres que escapaban de las crisis económicas de sus lugares de origen. La llamada feminización de las migraciones ha sido objeto de infinidad de estudios surgidos a raíz de las transformaciones que la globalización, la baja fertilidad y el envejecimiento poblacional provocó en las naciones desarrolladas, demandando mano de obra no solo barata, sino dispuesta a ocupar nichos laborales considerados de poca cualificación.

En esa categoría, el trabajo reproductivo remunerado, concretamente el servicio doméstico y de cuidados ha estado a cargo principalmente de mujeres migrantes, cuya movilidad dejó de estar ligada únicamente al acompañamiento de sus cónyuges, convirtiéndose así en migrantes laborales autónomas (Martínez, 2007; Pedone, 2012). Datos publicados por el Instituto de Estudios y Divulgación sobre Migración (INEDIM) señalan que del total de migrantes internacionales que se contabilizan en el mundo (244 millones de personas, en 2015), el 48% son mujeres, y que en América Latina y el Caribe su número ha aumentado en las últimas décadas.

Al respecto, creo necesario reflexionar sobre ciertos escenarios que hacen prever que los flujos de mujeres que emigran para insertarse en la economía del cuidado de otros países no solo seguirán existiendo, sino también ampliando. Lo traigo a colación a propósito de un interesante artículo titulado El último trabajo humano, que reseña cómo el gobierno de Japón se ha anticipado a la falta de cuidadores para una población que envejece con rapidez, invirtiendo en “cuidadores automatizados”, esto es, robots para cargar pacientes desde la silla de ruedas hasta la cama, otros para compañía de ancianos, máquinas que ayudan a caminar, hasta los que asisten en las tareas de la casa.

Robear

Robear es una especie de oso robótico que puede cargar a los pacientes desde la silla de ruedas hasta la cama/ Foto tomada del portal http://www.engadget.com

Dicho ensayo destaca también que Estados Unidos está invirtiendo en tecnología enfocada a este sector poblacional creando, por ejemplo, llamadas telefónicas administradas con inteligencia artificial y sensores para el hogar para monitorear eventos inusuales en las actividades diarias -como detectar que nadie ha abierto la puerta del refrigerador en varios días-, algo vital en un país en el que suelen reportarse casos de adultos mayores fallecidos en sus domicilios sin que alguien lo note hasta semanas, meses e incluso años después. Para muestra, me remito a la reveladora crónica Morir solo en Nueva York de The New York Times, y al espeluznante reportaje La muerte habita el piso de al lado de Diario El País, que expone similares situaciones en España.

El temor de los gobiernos del primer mundo a que no haya suficientes humanos para cuidar a sus enfermos y adultos mayores, obedece a que para 2030, solo en los Estados Unidos se proyecta que harán falta 151,000 cuidadores pagados y 3.8 millones de familiares sin pago que se hagan cargo de ellos. A raíz de esto, se discute en la actualidad que este tipo de empleos que requieren de un toque humano serán los últimos que entregaremos a las máquinas -si es que alguna vez sucede- por la imposibilidad de que robots y algoritmos puedan generar empatía, adentrarse a las esferas del dolor de las personas o sean aceptados en su totalidad por los pacientes.

En ese sentido hay expertos que sugieren empezar a hacer más atractivas las ofertas de empleo relacionadas con el cuidado de los otros, pues es conocido que la fuerza de trabajo asociada a ello, a menudo gana el salario mínimo o menos por los prejuicios históricos existentes en torno a esas tareas. A ello hay que sumar un marcado componente de género, que asume que las mujeres tienen la obligación de encararlo, así como una dimensión étnica [la idea de que son ‘oficios de inmigrantes’] y de clase.

Mujeres migrantes retornadas de España y de Italia a las que entrevisté durante mi trabajo de campo en Ecuador, solían hacer hincapié en sus aprendizajes positivos y negativos haciendo labores de cuidado remuneradas, las cuales, aunque les eran rentables económicamente al traducirse en remesas, no constituían un trabajo deseable para ellas. A algunas, las condiciones laborales las ubicaban en desventaja, pues se les solía contratar para tareas específicas como cuidar niños o ancianos, pero en la práctica, se les asignaba también trabajo doméstico, con horas extras sin paga, siendo latente su temor a denunciar tal situación por estar indocumentadas.

Fui a trabajar en esa época con un joven con discapacidad. Tenía que atenderlo y cuando había tiempo sacarlo a pasear. En ese trabajo, cuando yo entré, trabajaban tres italianas y las italianas decían que ellas pedían que las enrolaran y ellos (los jefes) no querían, porque allá en Italia decían que si eran italianos mismos tenían que pagarles todas las de ley y querían extranjeros, porque a esos les podían hacer lo que les daba la gana y ya. Entonces a esas tres chicas italianas las botaron y solo me cogieron a mí. Trabajaba día y noche, haciendo de todo
(Esther, retornada de Italia)


Comencé a trabajar cuidando ancianos, que es lo típico. Hacerles compañía, y arreglar la casa. Bueno, realmente aprendes bastante, porque es un trabajo bien humano. Cuando te contratan eres como una especie de auxiliar de enfermería, porque tienes que darles sus pastillitas, ver que su comida se la preparen en condiciones buenas, cambiarles sus pañales, entonces sí aprendes. Yo por lo menos que nunca sabía de eso, es un trabajo bastante delicado y sensible, porque también tienes que tratarles bien, con cariño, con amor. Aunque ellos dicen que por nuestra propia forma de hablar ya somos cariñosas
(Rosa, retornada de España)

Algunos testimonios que recabé, si bien dan cuenta de lo humano que es el trabajo del cuidado, también resaltan lo difícil que es atender a personas con discapacidad motriz, así como a adultos mayores con Alzheimer u otros trastornos mentales. El estar poco preparadas para asumir un rol que involucra la salud, llevó a algunas a tomar cursos de capacitación y certificación en enfermería, inclusive como medio para lograr contratos laborales mejor remunerados en centros geriátricos. No obstante, hay investigaciones que señalan que el servicio doméstico y del cuidado opera como un embudo, no solo por la segmentación étnica que viven las mujeres migrantes dentro de ese mercado laboral, sino también por las características propias de esos oficios, como son el aislamiento que genera vivir en el mismo lugar donde se trabaja, y relaciones de salarios y horarios a discreción del patrono (Pagnotta, 2012).

Para algunas de mis entrevistadas, insertarse en estos nichos laborales fue su única posibilidad durante la experiencia migratoria. “Era lo que había”, me contaban, y no todas, pese a su escolaridad [había mujeres con estudios universitarios], lograron salir de esa espiral durante el tiempo que vivieron en el extranjero.

Más ancianos, menos jóvenes

El envejecimiento de la población y menos nacimientos es una realidad desde hace mucho tiempo en los países desarrollados, de ahí que dentro de sus llamados Estados de Bienestar hay conciencia, políticas migratorias y sistemas adaptados para dar cabida a la oferta y demanda de este tipo de oficios [con ventajas y aun así con desventajas para las mujeres migrantes]. Pero existe preocupación por lo que ocurrirá en las próximas décadas, incluyendo a los países del llamado Sur global, en los que la estructura mediante la cual se han resuelto tradicionalmente los cuidados ha sido la familia, cayendo el peso sobre las mujeres. Muchas de ellas, aunque activas en el mundo laboral, duplican sus jornadas de trabajo [extra e intra domiciliario] o terminan asignando esta responsabilidad a otras de su círculo cercano, sin remuneración de por medio por lo general.

De acuerdo con el informe Perspectivas de la Población Mundial de la Organización de las Naciones Unidas, se espera que el número de personas mayores, es decir, aquellas de 60 años o más, se duplique para 2050 y triplique para 2100 [ver gráfico], pues a nivel mundial, este grupo de población crece más rápidamente que los de personas más jóvenes. Europa es la región con más personas perteneciente a este grupo (25%), pero ese grado de envejecimiento de la población, advierte la ONU, también llegará a otras partes del mundo para 2050, con excepción de África.

Envejecimiento ONU

Envejecimiento de la población. Fuente: ONU, 2017

En el caso de México, el Consejo Nacional de Población (Conapo) proyecta que para 2030 el porcentaje de adultos mayores será de 20.4 millones, lo que representará el 14.8% del total de su población, ante lo cual, la demanda de servicios derivados de esta condición humana irá en aumento. En Ecuador, donde acualmente el 7% de sus habitantes tiene más de 65 años, otros estudios estiman que para 2025 llegará al 10%; en Perú, alcanzará el 13,2% en 2030, mientras que en países como Chile y Brasil, la esperanza de vida está mostrando aumentos acelerados.

Como explica del Río (2004), la crisis de los cuidados alcanzará dimensiones alarmantes, por lo que es necesario que esta problemática pase de la esfera de “lo privado” [los hogares] a un problema político de primer orden. En este marco, destaca que se requiere una corresponsabilidad no solo de los hombres, sino también del mercado, mediante la reorganización del sistema económico y laboral; y del Estado, vía políticas públicas.

Finalmente me quedan algunas interrogantes, que más bien, son una invitación a la reflexión sobre el tema: a) ¿Serán los Estados de los países del Sur Global capaces de gestionar el problema de la Cuidadanía de manera similar a la de los países desarrollados, en términos de bienestar social?; b) las migraciones laborales venideras, ¿seguirán reproduciendo la dimensión de género tradicional o ante la demanda, involucrará a hombres en lo concerniente a los cuidados?; c) las condiciones laborales para este tipo de oficios en América Latina, donde la precariedad es más profunda, ¿tendrán reconfiguraciones significativas que atraigan mano de obra [nacional o extranjera], con menores riesgos de ser víctimas de explotación?; y d) el peso que tiene la familia en los contextos latinoamericanos para asumir los cuidados, ¿sufrirá cambios sustanciales en vista de procesos demográficos que tienden a hogares con cada vez menos miembros y con necesidad de salir a trabajar? Seguramente habrá más preguntas que respuestas a estos desafíos.Ancianos 1


Referencias bibliográficas

Del Río, Sira, 2004, “La crisis de los cuidados. Precariedad a flor de piel”, Rebelión. En  http://www.rebelion.org/hemeroteca/economia/040308sira.htm

Martínez P., Jorge, 2007, “La feminización de las migraciones en América Latina: Discusiones y significados para políticas”, CEPAL, En https://www.cepal.org/celade/noticias/documentosdetrabajo/3/36563/JM_2007_FeminizacionMigracionesAL.pdf

Pagnotta, Chiara, 2012, “El espacio migratorio entre Guayaquil y Génova”, Mouseion, Dossiê Narrativas de Imigração, núm. 12, may-ago, pp. 56-69.

Pedone, Claudia, 2011, “Familias en movimiento. El abordaje teórico-metodológico del transnacionalismo familiar latinoamericano en el debate académico español”, Revista Latinoamericana de Estudios de Familia, núm. 3, pp. 223-244.

 

Anuncios

Destino México. Un vistazo a la creciente inmigración de venezolanos

Por Lorena Mena Iturralde

lorenilla.mena820@gmail.com

Enero de 2017

Si en los años 70 del siglo pasado alguien hubiera presagiado que los venezolanos serían protagonistas de una estampida emigratoria décadas después, la incredulidad habría sido enorme ante tamaña predicción. En esos tiempos era impensable que alguien abandonara un país que, ante los ojos del mundo, era receptor de extranjeros por las oportunidades laborales que ofrecía, producto de su “oro negro” descubierto desde los años 30.

Su Historia reseña que este país cobijó a los republicanos españoles que huían de la España franquista, pues demandaba fuerza laboral especializada en hidrocarburos, y también que tras la Segunda Guerra Mundial llegaron extranjeros del sur de Europa: españoles [especialmente de Canarias y Galicia], italianos y portugueses a ocuparse en la agricultura y la construcción. Para los años 50, se sumaron profesionales, académicos y científicos, particularmente de Latinoamérica, entre los que destacan los cubanos; y en los 70, otra gran oleada de migrantes del Cono Sur [de Argentina, Uruguay y Chile que huían de sus dictaduras y crisis], y de países como Colombia, Perú y Ecuador, atraídos por la bonanza económica que provocó la escalada en los precios internacionales del petróleo (Maestres, 2011; De la Vega, 2003; González Ordosgoitti, 1991). Recuerdo, de hecho, haber conocido un pequeño poblado de Manabí, en la costa ecuatoriana, habitado solo por adultos mayores que cuidaban a sus nietos, porque sus hijos llevaban años en esa nación petrolera y les enviaban remesas.

Venezuela era, sin duda, el ‘sueño sudamericano’. Pero su panorama empezó a cambiar en los 80, ante los declives de los precios del petróleo, que condujeron a una serie de políticas públicas apegadas a las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional, que provocaron las primeras fugas de población, aunque se daban a cuentagotas. En lo posterior, esto se fue haciendo más evidente. Guardia (2008), quien estudió la salida de venezolanos entre 1998 y 2007, señala que el ascenso al poder de Hugo Chávez desde 1999, contribuyó al crecimiento de este fenómeno. Como primeros antecedentes, ésta y otras investigaciones señalan dos hechos clave: el despido de casi 20 mil trabajadores de la compañía estatal Petróleos de Venezuela S.A. [Pdvsa], a quienes el régimen consideraba de oposición y se les imposibilitó ser contratados en otras empresas; y la persecución a ciudadanos que firmaron a favor de un referendo revocatorio de Chávez, muchos de éstos, profesionistas y gente de clase socioeconómica media, que optaron por dejar el país (De la Vega, 2003; Freitez, 2011).

Lo que vino después, tras la muerte de Chávez y el ascenso al poder de Nicolás Maduro ha sido bastante documentado por la prensa: políticas que han mantenido al país en una intensa conflictividad y polarización, una gran escalada de violencia e inseguridad, y una economía que difícilmente se traduce en bienestar para gran parte de su población, y está plagada por una desorbitante inflación, escasez de alimentos, un deficiente acceso a la salud, entre otras problemáticas.

Uno de los principales destinos de la emigración venezolana ha sido los Estados Unidos, donde según estimaciones del Banco Mundial había 130 mil residentes en 2005, y bordeaban los 172 mil en 2010. El segundo destino importante ha sido España, mientras otros se han establecido en Portugal, Italia, Australia y Canadá; y dentro de Sudamérica, se han incrementado los flujos hacia su vecino Colombia (Freitez, 2011), y a países como Ecuador[i], Argentina y Perú [en este último, por cierto, el gobierno acaba de aprobar un decreto para dar residencias temporales por un año a los venezolanos que ingresaron antes del 1 de diciembre de 2016, como medida de ayuda humanitaria][ii].

México, sin embargo, también se ha instalado en el radar de los venezolanos en los últimos 15 años. Según las estadísticas históricas del Censo Nacional de Población y Vivienda (INEGI, 2009) era incipiente su presencia en la década de los 70 (había apenas 805 personas); para el año 2000, se contabilizaban 2,823 inmigrantes y desde entonces han venido creciendo: en el censo 2010 se registraron 10,063 personas originarias de ese país; y para 2015, los venezolanos se habían convertido ya en la quinta comunidad extranjera más numerosa de México, con 15,664 residentes, por debajo de los nacidos en los Estados Unidos, Guatemala, España y Colombia, según el Consejo Nacional de Población (Conapo)[iii]; aunque otro estudio señala que la ‘diáspora’ venezolana en México alcanza ya las 20 mil personas (Páez, 2015).

Existen referencias de venezolanos asentados principalmente en la Ciudad de México, pero también en los estados de Tabasco, Campeche, Veracruz, Quintana Roo, Nuevo León, Jalisco… Muchos se han insertado en el sector petrolero y en otras áreas de alta cualificación, pues hay un gran componente de inmigrantes con perfiles profesionales competitivos, inclusive con estudios de posgrado: dentistas, administradores, ingenieros, docentes, abogados, periodistas, entre otros. Las formas de ingreso al país azteca -con miras a establecerse- son diversas: vía matrimonios mixtos, turismo [no requieren visa, aunque en los últimos años el Instituto Nacional de Migración exige cartas de invitación]; estudios, y mediante redes de paisanos [y no paisanos] que facilitan cartas de trabajo para gestionar residencias temporales.

Este último aspecto se ha visto reflejado en las estadísticas del INM: en 2014, los venezolanos se convirtieron en la sexta nacionalidad del mundo en solicitar residencias temporales en México, cuando en 2013 era la séptima[iv]; y hay reportes de 2015 que destacan que ya superaron en dichas solicitudes a los estadounidenses, españoles y asiáticos[v]. En Baja California, donde realicé una tesis cualitativa sobre la integración cultural de los venezolanos asentados en la ciudad de Tijuana[vi], constaté que en la mayoría de casos, su emigración y llegada a México constituyó una estrategia de escape a la situación que enfrentaban en Venezuela.

Foto: Lorena Mena/ 2014

Un grupo de venezolanos residentes en Tijuana, durante una concentración en contra del régimen de Nicolás Maduro en la Avenida Revolución (Foto: Lorena Mena/ 2014).

Otros aspectos que encontré fueron: a) que la mayoría no tenía idea de que esta ciudad era fronteriza con los Estados Unidos, por lo tanto, su elección no respondió a una migración de tránsito con miras a cruzar al vecino país, como se suele pensar de los latinoamericanos que aquí llegan; b) que se sienten bastante integrados a la sociedad mexicana, lo que quizá responde a sus perfiles de profesionistas y a la movilidad social y ocupacional que ello les permite; y c) que pese a los problemas de violencia que experimenta México, se sienten más confiados y seguros que en Venezuela, como se observa en estos testimonios:

 “Tal vez nosotros no tengamos un narcotráfico tan fuerte, pero es peor, tenemos un hampa común que te roba porque le gustó tu reloj o porque le gustó un anillo, un zarcillo, tu carro, por lo que sea, y aquí por lo menos, es un efecto colateral o si estás metido en un problema de narcos, pero si no, puedes sobrellevar una vida

[Harry, entrevista, 2014].

La calidad de vida que llevas aquí, se me hace imposible llevarla en Venezuela, con todo y que tenga mucho dinero. La calidad de vida me refiero a que no andas asustado en la calle, no estás así, que me van a robar, que me van a matar

[Marina, entrevista, 2014].

La dramática situación que experimenta Venezuela sin duda seguirá en la agenda de los medios de comunicación internacionales, pero la academia se verá obligada a realizar más estudios sobre esta población. Dentro del territorio mexicano hacen falta trabajos que analicen su inserción laboral y social, la migración calificada, el rol que juegan las redes de venezolanos en su inmigración, las políticas migratorias y su impacto en este colectivo, así como su participación política desde el extranjero. La invitación está abierta… y la coyuntura lo amerita.


Referencias bibliográficas

De la Vega, Iván (2003) “Emigración intelectual en Venezuela: el caso de la ciencia y la tecnología”, Interciencia vol. 28, núm. 5, pp. 259-267.

Freitez, Anitza (2011). “La emigración desde Venezuela durante la última década”, en Temas de Coyuntura, vol. 63, pp. 11-38.

González Ordosgoitti, Enrique (1991). “En Venezuela todos somos minoría” en Nueva Sociedad, número 111, pp. 128-140.

Guardia, Inés (2007). “Fuga de Venezolanos durante la revolución bolivariana (1998-2007)”. Investigaciones Geográficas, España, núm. 44, pp. 187-198.

INEGI (2009) “Población extranjera residente en México por país de nacimiento, años censales de 1895 a 2000”, Estadísticas históricas de México en <www.inegi.org.mx/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/integracion/pais/historicas10/Tema1_Poblacion.pdf>, consultado en enero de 2014.

Maestres, Raúl (2011) “Venezuela: Reflexiones sobre la emigración”, en: revista Debates IESA, vol. 16, núm. 2, pp. 10-11.

Páez, Tomás (2015) La voz de la diáspora venezolana, Los libros de la Catarata.


Fuentes en Internet:

[i]http://www.eluniverso.com/noticias/2016/12/18/nota/5959201/ecuador-destinos-venezolanos-que-huyen-crisis

[ii]http://peru21.pe/actualidad/gobierno-aprobo-permiso-temporal-que-facilitara-estadia-venezolanos-peru-2266834

[iii]http://www.excelsior.com.mx/nacional/2016/10/16/1122685

[iv]http://www.m-x.com.mx/2015-08-16/el-sueno-mexicano-de-los-venezolanos/

[v]http://www.elfinanciero.com.mx/economia/venezolanos-desplazan-a-eu-con-mas-permisos-para-trabajar-en-mexico.html

[vi]https://www.colef.mx/posgrado/wp-content/uploads/2014/…/Tesis-Mena-Iturralde.pdf

Es momento de dignificar a los deportados

Por José Israel Ibarra González

En esta aportación hago un llamado a las autoridades y a la sociedad civil para emprender una campaña nacional de dignificación de las personas que son deportadas de Estados Unidos. El principal argumento son las aportaciones que hacen al desarrollo de México gracias a su experiencia de vida internacional, que incluye la adquisición de educación en Estados Unidos (sobre todo entre los más jóvenes) y de competencias laborales en desempeños que tienen certificaciones internacionales.

Un segundo argumento es la deuda histórica que el país tiene con ellos, debido a que abandonaron el territorio nacional la mayoría de las veces forzados por las crisis económicas en México y la falta de oportunidades. Desde Estados Unidos mandaron remesas que sirvieron para tapar las carencias de un Estado Mexicano incapaz de combatir la pobreza sobre todo en las zonas rurales.

Esther

Doña Esther (derecha) es una mujer deportada de Los Ángeles que administra un exitoso negocio de tamales en el Centro de Tijuana. (Foto: Israel Ibarra).

Las estadísticas de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación de México indican que en el periodo de 2005 a 2015 (hasta octubre) fueron repatriadas de Estados Unidos a México a través de la Frontera Norte y el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México 4 millones 753 mil 043 personas.

Cabe señalar que una persona puede ser repatriada varias veces, lo que también es criticable, ya que esa categoría no debería de existir. El investigador Héctor Padilla señala en su artículo de 2012 “¿Repatriado? Una historia de vida y su contexto” que hay dos tipos de deportaciones: 1) los “removals”, que son personas que tras vivir varios años en Estados Unidos son expulsados con una orden judicial, y 2) los “returns”, que son capturados en su intento de ingresar al territorio estadounidense y devueltos.

Padilla escribe que al juntar las dos categorías en repatriados el gobierno mexicano quiere verse, por una parte, como un Estado de ayuda humanitaria, y por otra, evita condenar a Estados Unidos por su política antiinmigrante y no ayuda a los mexicanos a enfrentar sus juicios de deportación.

De esta manera la campaña de dignificación debe enfocarse a los removals que vivieron en Estados Unidos y adquirieron un capital simbólico y en muchas ocasiones monetario que le pueden beneficiar a México.

Cabe hacer mención que con la Ley de Responsabilidad Inmigrante y Reforma a la Inmigración Ilegal de 1996 en Estados Unidos (Illegal Immgration Reform and Immigrant Responsibility Act of 1996, IIRIRA)  las deportaciones pueden darse por causa de una acusación delincuencial por parte del aparato de Estado Norteamericano, que puede ir desde una falta menor hasta una grave.

La gráfica histórica de los migrantes removidos de acuerdo al Anuario de Migración y Remesas 2015 basado en el Yearbook of Immigration Statistics: 1995- 2013, de la Office of Immigration Statistics. U.S. Department of Homeland Security, permite observar que de todas las nacionalidades, la mexicana ocupa el mayor porcentaje de deportaciones con un 72% y que un 46% de estos fueron removidos con falta administrativa o criminal.

Por este motivo existen autoridades, sobre todo las policiacas, que tratan de ensuciar el nombre de los deportados señalando que son delincuentes expulsados de Estados Unidos. Sin embargo, no son ni la mitad de los casos y de esos los de alta criminalidad son un porcentaje menor. Además una de las principales faltas es haber reingresado a suelo estadounidense para alcanzar la reunificación familiar tras la primera deportación. Una acción que considera criminal Estados Unidos.

Pero si se analiza legalmente ellos ya cumplieron sus condenas en suelo americano y si hubieran permanecido allá tienen derecho a la reintegración social. En México ni siquiera cuentan con antecedentes penales, están “limpios”, y muchos de ellos (hombres y mujeres) están aprovechando esta oportunidad para reiniciar sus vidas.

Muchos expulsados han decidido quedarse en México bajo la amenaza de los jueces de migración de Estados Unidos de que al siguiente reingreso les pueden dar hasta 5 años de cárcel. Gracias al idioma inglés y su experiencia laboral en Estados Unidos ahora son excelentes trabajadores en call centers, también en la industria maquiladora, la construcción ligera y otra serie de actividades económicas. Aunque su inserción social no les ha sido fácil después de pasar décadas en Estados Unidos, en algunos caso toda su vida porque llegaron niños, ahora están produciendo riqueza para nuestro país y es por eso que es necesario hacer una campaña de dignificación y ayudarles a que su vuelta a casa sea como se la merecen.

Actualmente hay una iniciativa para emprender una campaña  para dignificar a los deportados impulsada a través de la recientemente creada Dirección Municipal de Atención de Tijuana, sin embargo, a este esfuerzo deben sumarse las autoridades de todos los estados de México y ante todo el Gobierno Federal.

Migrantes retornados y el dilema del empleo

Por Lorena Mena Iturralde

Desde 2008 el retorno de emigrantes a su país de origen se volvió un fenómeno de interés mediático, académico y gubernamental en el contexto ecuatoriano. La crisis financiera internacional que afectó a los Estados Unidos y Europa e impactó en el empleo y por ende a miles de migrantes laborales procedentes de países en desarrollo, obligó a muchos a hacer maletas y retornar.

Hacer frente a la reinserción tras varios años de residencia en el extranjero es el siguiente reto. Los jefes de hogar, principalmente, deben buscar los medios de sustento para ellos y sus familias y enfrentarse sobre la marcha a la adaptación a su nueva realidad. No es extraño, de hecho, que en mis conversaciones con ecuatorianos que retornaron desde España, principal destino migratorio del país andino desde finales de los 90, el tema del trabajo y las dificultades para emplearse tras años de ausencia, predominen en sus relatos.

Son regresos que en muchos casos están asociados con el fracaso de un proyecto migratorio, proyecto que no se abandona hasta haberlo intentado todo en el extranjero. Hay quienes perdieron su “piso” (departamento) al ser embargados por bancos ante la imposibilidad de pagar sus hipotecas; quienes vivieron del subsidio de desempleo hasta que agotaron tal prestación; los que trabajaron “en negro” (clandestinamente) y en condiciones de alta precariedad; los que optaron por vivir hacinados para compartir gastos, entre otras estrategias de supervivencia en medio de la crisis española.

Al final, para concretar su regreso, pocos pudieron acogerse a programas de ayuda oficiales como el implementado por el gobierno de España, o el plan Bienvenid@s a Casa del gobierno ecuatoriano. Sus requisitos y escasa cobertura fueron algunas limitantes, aunque de entrada se venden bastante bien. Por ejemplo, el programa español APRE, más conocido como Plan de retorno voluntario, otorgaba al solicitante la posibilidad de cobrar su prestación por desempleo en dos partes: 40% en España y 60% en Ecuador, pero a cambio, el inmigrante debía firmar su compromiso de no volver al país ibérico en al menos tres años. Y no solo él, sino todos los miembros de la familia que fueron reagrupados, porque también debían irse. Sobre el programa ecuatoriano, una de las críticas más difundidas es que parecía enfocarse en retornados con cierta capacidad financiera, pues se les pedía una contraparte económica para acceder a recursos para emprendimientos en Ecuador.

En general, lo que ha predominado es una movilidad autónoma de retorno, y puede deducirse que la reinserción laboral ha sido igual. El autoempleo es una de las principales vías para empezar de nuevo y en esta modalidad de trabajo, los migrantes retornados no necesariamente aplican lo aprendido en el extranjero, porque el mercado tiene demandas distintas y otras condiciones salariales. Lo cuenta con desilusión Alan, un migrante retornado que hoy trabaja como taxista en las calles de Guayaquil, capital económica y la ciudad más poblada del Ecuador. “Manejé con licencia profesional en carreteras de España, operé aplanadoras, maquinaria pesada en empresas de construcción (…) y en tres entrevistas de trabajo aquí me dijeron No, que como no tengo experiencia en Ecuador eso aquí no sirve”, relata.

Por un lado, los empleadores argumentan “falta de experiencia”, por otro lado, el problema es la edad, pues muchos retornados tienen más de 40 años. Y si se trata de pedir créditos para abrir negocio propio, la negativa de la banca es por no tener bienes o el aval de personas que suscriban como garantes, algo difícil de conseguir de alguien ajeno a la familia y más cuando recién se ha vuelto del extranjero.

El problema de emplear migrantes retornados en Ecuador ha sido tal, que actualmente está en espera de discusión legislativa una Ley Orgánica de Movilidad Humana que reemplazará a la Ley de Migración vigente, que data de los años 70, e incluye en uno de sus apartados 14 artículos referentes a “la condición de migrante retornado”. Dicho proyecto fue presentado a mediados de 2015 y señala como migrante retornado a la persona ecuatoriana que cumpla una de las siguientes condiciones: 1) haber permanecido o haberse radicado más de 3 años en el exterior y estar en territorio nacional; o 2) estar en condiciones de extrema vulnerabilidad en un país extranjero y con manifiesto de volver al Ecuador.

Define también tres tipos de retorno: voluntario, forzado y humanitario o solidario; y en otro artículo habla de la “recuperación de talentos”, esto es, que el Estado ecuatoriano facilitará el retorno de emigrantes artesanos, agricultores, técnicos, profesionales y científicos, y motivará en el sector público y privado la creación de bolsas de empleo, con ofertas laborales que estarán a disposición de los retornados. Además, menciona que todas las instituciones públicas deben diseñar e implementar programas de fomento al emprendimiento, vía proyectos empresariales, de innovación, comerciales, de servicios, tecnológicos, profesionales, artesanales, productivos, educativos, socioculturales; y que las instituciones del sistema financiero deben desarrollar mecanismos para aceptar y reconocer los antecedentes crediticios o comerciales y las referencias bancarias de otros países para facilitar a los retornados el acceso a servicios y beneficios de la banca.

Según los datos del Censo de Población, más de 30 mil ecuatorianos volvieron desde España durante el quinquenio 2005-2010. Seis años después de ese censo, y dado el contexto adverso que persiste en España, la cifra con seguridad ha aumentado. Entre iniciativas de ley y programas de apoyo, que han sido buenos intentos para ayudar a esta población, lo cierto es que el peso más grande de la reinserción laboral, social, escolar (en los casos de hijos menores, muchos nacidos en España) y de otro tipo que se derivan de este fenómeno complejo, ha recaído enormemente en la iniciativa y la creatividad de los retornados y, con suerte y si mantuvieron sus redes transnacionales sólidas, con el apoyo de sus familias.